Se miraron y entendieron que no era tiempo de juegos, la vida se les había ido en historias superficiales de sabores amargos, nunca dejan satisfechas se dirían. El tiempo pasa inexorable y nos va dejando huellas. Más, la belleza de la sabiduría de la mujer madura, esa que sabe lo que quiere y lo demuestra con desición, pero con una distinción que enajena, ese poder que aflora de la piel curtida por los años, del olor del tiempo, de la mirada con historia, de la sonrisa oportuna y llena de aplomo, de la mano que se desliza por el hombro ejerciendo esa pequeña presión que te hace notar que estas vivo y con deseo. Bueno, fuí testigo de esa clase de amor, en realidad, no sé a ciencia cierta si fue amor, pero claramente era algo mas grande que lo que comunmente se ve. El también era un experimentado, que se llevo la vida en conquistas, pensando que tal vez era un enamorado del amor, de ese primer beso eterno, que quería reeditar en todos lados y a cada rato, con la risa de la experiencia, el tono y ritmo de voz de los años de aprendizaje, el olor del macho que busca a su presa y que a esa edad se hace expansivo e intenso.
Era una pareja que no tenía que demostrarse nada y aún así fueron ingenuos, inocentes, se dejaron seducir por la noche y esa primera mirada de pasión, esa que es cómplice, esa que no miente, esa que brota incontrolable de las visceras y aflora por todos los poros del cuerpo, en definitiva, la que es pasíón pura. Entendí que el amor se vive a toda edad, quizás en algunas con matices diferentes, pero siempre se encuentra entre las sábanas húmedas, esas manos enlazadas, el abrazo que asfixia, la mirada que contiene todo el amor del mundo. Ellos eran mayores, quizás apunto de jubilar en una sociedad que los viera como estorbo, parecida a la nuestra; pero su historia era diferente, eran mas grandes que una cultura, eran representantes de lo mas puro que nos resta como clase humana y que nos diferencia de las demás, eran estandartes del amor, del intangible mas preciado, de ese que provoca ver los días de color, de ese que te genera mariposas en el estómago, de ese que te ascelera el pulso, en fin, del que te dice que siempre la locura puede ser tu refugio.
Se tomaron la mano en ese café desolado, pero lleno de ellos, posiblemente nadie mas pudiera entrar. En sus labios sonó la palabra amor, sí en esos labios veteranos, que en mi mente eran vetados para pronunciar esa palabra, más pronto caí, en que nunca la había oído sonar mas hermosa, mas humana, mas verdadera; pagaría el dinero del mundo, para que todo el planeta pudiera ser testigo de ese sonido del alma, no sólo por que era hermoso, sino porque, por ese momento, me hizo el hombre mas feliz del mundo. Se miraron desde sus asientos gastados y de una mirada entendí, que habían decidido gastar el resto de sus momentos juntos, dándose calor en el frío y siendo testigos de sus emociones. Se podía tocar el amor o quizás, el amor me toco a mí.
El amor vale la pena, aunque sea en soledad y no correspondido...siempre vale la pena.









