
Profesora
Sería bueno que fueras al barbero, me decía mi abuelo cada vez que la barba sobrepasaba mi manzana de Adán y se entrometía con el inicio de mi camisa. En esta oportunidad algo parecido hubiera dicho, si no estuviera muerto, asesinado por el barbero. Mi abuelo tuvo un lío de faldas, mismo que involucraba directamente al barbero y su señora, al final ambos terminaron muertos y la señora en cuestión se largó con el carnicero del barrio. Quizás al leerlo pueda sonar risible, pero la vida tiene de esto y mucho más.
Yo me enrolé en algo similar, pero fue con la vecina de enfrente. Tenía como marido al presidente del curso de mi hijo del medio. Era un buen tipo, pero su mujer era mejor tipa. El asunto empezó con miradas condescendientes dentro del aula de nuestros retoños, luego fue el diálogo placentero al enterarnos de que éramos vecinos, después ese maldito paseo de curso al lago, en donde mi mujer no pudo ir y su marido tampoco. Coincidimos en todo, hasta en aposento, las cosas se dieron así, que le voy hacer, sólo soy un títere mas de este entuerto llamado vida. El paseo duró cuatro días, al primero ya éramos amantes, en la cama era una leona enjaulada, y por obra y arte de quien sabe quien, yo tenía la llave de esa prisión. Me confidenció luego de esa noche que nunca había gemido de placer, ni siquiera una vez, conmigo quedó casi afónica, susurrante, debo confesar a ustedes que yo tampoco me había comportado con nadie como con ella, parecía enfermo y mi herramienta eterna de duración.
La vida la tratamos de recobrar poco a poco, se nos había ido de las manos en ese periplo, quisimos poner límites a esta pasión, a este juego como le llamé en mas de alguna oportunidad, que errado estaba, tratamos de parecer sólo conocidos y quizás la gente al mirarnos, a lo más nos asociaría como amigos, más por dentro el sentimiento lasceraba, nos consumíamos de ardor, de hecho, me detectaron úlcera por esos días. En la penúltima reunión del curso no aguantamos más, habían transcurridos tres meses desde el paseo, nos situaron juntos en una dinámica grupal que esa maestra del demonio realizaba constantemente, si no supiera que era una estúpida pensaría que se empeñaba en vernos juntos y reír de nuestra desgracia. La dinámica consistía en salir de la sala por unos momentos, de a pareja, escribir lo que pensábamos del otro, mientras en el interior todos los demás harían lo mismo. Casi al salir de la sala, quizás unos segundos después, ella tenía su mano en mi miembro, ese de grosor dañino, la levanté y la deposité en un banco de la sala contigua, le arranqué su ropa interior, un delgado y húmedo calzón se enquistó en mi mano, con excelsa maestría agarró el cuerpo de mi verga y se la introdujo en su húmedo recoveco, el gemido llegó simultáneamente, pocas veces la volví a sentir así, dura y gruesa, fueron breves las arremetidas que realicé, porque ella explotó con bramidos guturales que nos impidieron pasar inadvertidos. Cómo pude me subí los pantalones, ella se bajó la falda, pero a pesar de nuestro esfuerzo, no alcanzamos a vestirnos, la profesora nos sorprendió. Cómo tercera en disputa, rápidamente cerró la puerta de la sala, nadie mas nos vió, cuando estábamos vestidos se aproximó intimidantemente y con severo tono nos dijo que al término de la reunión debíamos hablar. La profesora no sobrepasaba los veinticinco años y le temía como a mi madre. Entramos en la sala, a ella la describieron respetuosa y sincera, a mí coqueto y simpático.
Con enfermiza ansiedad, que de paso trituraba mi úlcera, veía como se iba la reunión y se acercaba la hora límite, esa de reunirnos con nuestra carcelera. No hay plazo que no llegue y el fin de la reunión cayó, la profesora de una mirada penetrante me inmovilizó en mi pupitre, a mi vecina también, todos se fueron y quedamos los tres solos. La profesora extendiendo la ansiedad escribió unas notas en el libro de clases antes de hablarnos. Lo primero que dijo fue relacionado con nuestra calidad moral, pero sentí que era una obviedad, algo superfluo y sin vísceras, pero al cabo de unos minutos empezó a aparecer su verdadera queja, su verdadero sentir, de la nada, comentó que su vida sexual era casi nula, relató sin pudor encuentros con hombres y mujeres en su época universitaria y sin mas le dio un beso a mi vecina, yo era testigo atónito de este acto. Luego en un dos por tres y cambiando completamente el tono de su voz y su postura corporal, nos amenazó con delatarnos si no la involucrábamos en nuestras experiencias sexuales, nos miramos incrédulos con mi vecina, que sea dicho de paso se excitó levemente con el beso de la profesora, lo sabía porque siempre se le iba el ojo izquierdo hacia la nariz cuando se calentaba y estaba en esa dirección luego del ósculo bestial de la profesora. Nos acercamos con mi vecina para llegar a un acuerdo, aceptamos la propuesta de la profesora, a los dos minutos yacíamos desnudos en el piso de la sala de mi hijo, los tres teniendo sexo. Fue el mejor encuentro que he tenido, ellas me besaban, ellas se besaban, yo las besaba, fue carnal, catártico, elevado y mágico.
Pensé, probablemente al igual que ustedes, que afortunado era al tener ese tipo de aventuras, mas cuando ambas mujeres estaban tonificadas y bien tenidas. Sin lugar a dudas todo marchaba bien, hasta que dejo de estar bien. Empecé a notar que mi hijo bajó sus calificaciones, luego noté que poco a poco su forma de ser estaba mutando, se hacía mas reservado, más lacónico, un día le pregunté que le pasaba y me confidenció que su profesora jefe, una de mis amante, le obligaba a permanecer de pie en la sala, además de ser el encargado del aseo de la misma, lo sacaba siempre adelante para que resolviese los problemas mas difíciles y lo avergonzaba luego, ya que no los podía resolver. Comprendí que la mujer estaba direccionando contra mi hijo algo que tenía conmigo, así que en ese mismo momento la llamé y le pedí una cita. En la cita me confesó que sentía celos de mí, que yo era un imán impresionante para mi vecina y, que en definitiva, estaba enamorada de ella. Comprendí que a sus ojos yo era un obstáculo y después de vérselos detenidamente, comprendí también, que ella era capaz de realizar cualquier amenaza solapada que hubiese entendido en ese momento, me dio algo muy semejante al miedo luego de esa charla perturbadora. Me junté con mi vecina para contarle lo sucedido, ella me dijo que desde hacía una semana la profesora la visitaba en su trabajo y le llevaba regalos, y que a esta altura le era muy difícil disimular en su oficina, y ahora, con lo que yo le contaba, le quedaba más que claro la perturbación de la maestra. Tuvimos un gran sexo y quedamos en pensar por separado alguna solución al entuerto.
No fue necesario, el Miércoles de esa semana, la profesora se quitó la vida, no sin antes matar a cuatro alumnos, justo ese día mi hijo estaba enfermo por lo que no fue, el hijo de mi vecina no corrió la misma suerte y fue asesinado por la profesora. Al revisar el libro de clases, los nombres de nuestros hijos estaban marcados con rojo, nos preguntaron sobre esa situación, pero nos hicimos los perfectos huevones. Nadie nunca supo de nuestra relación, tampoco supe nunca mas de mi vecina.

