Palabras de un Don Nadie

La idea es sembrar pánico desde mi pánico. Que sea un espacio infinito en donde cobijar a esta mente inquieta, que a veces se hace eterna y se refugia en recovecos de dificil visión. El refugio de mis obsesiones, perversiones, pero también sueños y esperanzas. En fin, que sea lo que tiene que ser.

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Location: La Florida, Región Metropolitana, Chile

Friday, June 29, 2007


Saramago y yo
Pienso que quien escribe lo hace como en el interior de un cubo enorme, donde no existe otra cosa que una hoja de papel y la palpitación de dos manos veloces, vacilantes, alas violentas que de golpe caen de costado, cortadas por el cuerpo. Quien escribe se rodea de un desierto que parece infinito, reino esmeradamente despoblado para que quede apenas la imagen de un campo abierto, de una mesa de copista a la sombra de un árbol inventado, y un perfil anguloso que hace de todo para parecerse al hombre. Quien escribe trata de ocultar un defecto, un vicio, una tara a sus propios ojos indecente. Quien escribe esta traicionando a alguien.

Escribo estas palabras desde lejos, desde la ciudad grande e infeliz crecida a orillas del Mapocho, la escribo desde mas lejos aún, desde un país muy amado, donde los campos están sembrados de aromos y los lugares se llaman sonoramente Serena o Arauco, tierra chilena, la que mas amo después de la de mis sueños, escribo desde una calle con el nombre de Esperanza. No tengo ninguna historia para contar. Estoy harto de historias como si de pronto hubiera descubierto que todas fueron contadas el día en que el hombre fue capaz de decir la primera palabra, si es que hubo una primera palabra, si es que las palabras no son todas, cada una y a cada momento, la primera palabra. Entonces, volverán a ser necesarias las historias, entonces deberemos reconocer que ninguna ha sido aún contada.

Es realmente un placer estar sentado a la sombra de un árbol inventado, en este cubo inmenso, en este desierto infinito, escribiendo con tinta desde lejos ¿a quién? Más allá del hilo que separa las arenas del cielo, tan distantes que sentado no las veo, van las personas que leerán las palabras que escribo, que las entenderán o las despreciarán, las guardarán en la memoria el tiempo que ésta lo permita y las olvidarán, como si fueran apenas el jadeo sofocado de un pez fuera del agua. Sentado en medio del campo despoblado, quien escribe mantiene su perfil curvo para que no se pierdan las huellas de una humanidad que a cada instante se vuelve más imprecisa. Y va trazando signos en el papel, deseoso de que se vuelva abierto y cóncavo como el cielo nocturno para que no se pierda el incoherente discurso, guardado ahora en pequeñas luces que tardarán más tiempo en morir.

¿Quién leerá el mensaje intraducible al lenguaje del comer y el beber? ¿Quién lo llevará consigo a la cama, más la mujer más el hombre con el cual dormirá? ¿Quién dejará en suspenso el arco del pico, el movimiento del martillo, para escuchar lo que no es una historia narrada de la ciudad grande e infeliz? ¿Quién acercará el camión al borde del camino, en el espacio de libre estacionamiento, con sombras diseminadas, para saber, respirando el aceite y el calor del motor, las noticias de Júpiter gigante en el cielo negro? ¿Quién reclamará como suyo lo que fue escrito en el interior del cubo, en el lugar donde se hunde el compás, en la intersección entre quien escribe y el tiempo? ¿Quién justificará, en fin, las palabras escritas?

Y es un placer también hacer preguntas cuando sabemos que no tendremos respuestas. Porque se podrán agregar otras, ociosas como las primeras, igualmente impertinentes, igualmente capaces de consolación a la vuelta del silencio que las recibirá. Sentado en el desierto, quien escribe se sentirá dulcemente incomprendido, llamará en su auxilio a los dioses que mas ama, se confiará a ellos, y juntos, punto por punto, sabrán encontrar las buenas razones, los apaciguamientos de la conciencia, hasta que el benéfico sueño los reúna y los retire de este bajo mundo.

Que no sea así esta vez, con todo. Que quien escribe pliegue su mesa, la convierta en su carga y su mochila, si no está en condiciones de modificarlo de otro modo, que mute la hoja en bandera y enfrente la travesía del desierto, en las tres dimensiones del cubo, donde están las personas y las preguntas que hacen. Entonces el mensaje será traducible, será mantel para el pan y con él nos protegeremos del frío. Entonces volverán a contarse las historias que hoy decimos imposibles. Y todo (tal vez de verdad, tal vez de verdad) comenzará a ser explicado y comprendido. Como la primera palabra.

Ojos Traviesos

Vi a una mujer desnudarse o tal vez vestirse, pero el que caigan o suban las ropas no es lo importante, sino que en ambas instancias y sea cual fuesen, dejan al descubierto el cuerpo desnudo y la piel fresca de una mujer, en este caso puntual, yo era testigo anónimo y non grato. Sólo caminaba por el pasaje en donde tengo un cuartito, al final en la última casa, caminaba con desgano, el día no había sido como pensaba o lo imaginaba, bueno y siendo franco, de un tiempo a esta parte ningún día sale como lo imagino, pensaba en el insensato cúmulo de cosas que tenía que hacer mañana, de hecho, sólo problemas se cruzaban por mi mente, de repente y sin querer, miro hacia el segundo piso de la casa segunda del pasaje, una pieza brillaba y era de color azul, eso era por el reflejo de la luz que el dependiente tenía en su dormitorio, pero en primer plano y no de fondo, estaba lo trascendente, lo que me hizo hacer click como demonio, estaba ella, depilándose su axila derecha, sí, la derecha, a decir por los actos sucesivos y posteriores, la izquierda ya estaba calva. Vi la silueta de esa mujer que se reflejaba con claridad sobre el fondo azul de la pieza, justo sobre su pezón derecho empezaba la toalla a cubrirla, entenderán por la descripción tan exacta, que mi posición luego de tal hallazgo fue intrépida y cercana, sin entrar en detalles, quedé apostado sobre la cerca de la señora Juana, cubierto por el limón aromático y frente, cuando digo frente es frente, a la ventana de esa mujer del demonio, un poco mas abajo, no a la misma altura, pero de todas formas muy bien. Pensaba, mientras se depilaba la axila y mientras asimilaba el vaivén de la cerca, que calentura del demonio me tomó para encaramarme allí, la respuesta estaba a seis metros de distancia, la mujer se movía en la intimidad y siento, con todo el derecho a equivocarme, que cuando la mujer esta sola, se vuelve mas guarra, mas vulgar, menos comportada, menos educada, en definitiva, mas exquisita, no porque sea vulgar, sino porque siempre aparenta un nivel elevado que en su fuero interno y en su mundo privado, se destruye a pedazos. Esta mujer, con el brazo derecho en el aire y el izquierdo sosteniendo el artefacto que la trasquilaba, movía los cachetes del culo como en una danza ritual y desde esta distancia no se escuchaba música alguna, pero no sólo eso, terminado el corte, empezó a secarse su parte íntima, aún con la toalla, yo, ya sin ningún tipo de vergüenza, me bajaba la cremallera para sacar mi pene asfixiado y morado de excitación, salió raudo, gordo y de no saber que era mi verga, diría que estaba hecho de granito, le di dos meneos y casi exploto, me contuve, quise experimentar mas de la mujer. Se sacó la toalla y la dejó caer al suelo, quedó desnuda frente a una pared, lógicamente en esa pared debe haber colgado un espejo, porque se miraba con devoción, admirándose, bueno yo también lo hacía, de pronto sostuvo con ambas manos sus pechos, quedaron desbordando la palma y, si no era una ilusión, podría jurar que alcancé a admirar sus pezones, lamentablemente caminó dos pasos hacia el fondo de la pieza, quedando justo debajo de la luz, la silueta se hizo difusa, mi desesperación atlántica, me traté de encaramar mas alto en la cerca de la señora Juana, pero, el ahora fastidioso limón me estorbaba, estoy en esa danza desquiciada, cuando veo, entrando por el pasaje a la señora Juana, la dueña de la cerca en la cual estaba encaramado disfrutando de la tierna vecina que se desvestía sensualmente, no alcanzaba a bajar, estaba al lado, me quedé quieto, sentí como introdujo la llave en la cerradura, la puerta cedió. Al mismo tiempo que la señora Juana entraba a su casa, la mujer empezaba a distribuirse, uniformemente, sobre su cuerpo una loción o crema o algo, que dejaba su piel fresca, brillante, cosa que la hacía mas nítida a trasluz, se tocaba lenta e intensamente, la señora Juana, podía notarlo oblicuamente, se limpiaba los pies en el limpiapiés de su puerta, yo estaba inerte, con dos ramas de limón en la cabeza y una en el espacio que quedaba entre la camisa y la piel de mi muñeca, esta última me lastimaba, la mujer seguía frotándose, mi verga danzaba sin tapujos, la señora Juana aún no entraba limpiándose por enésima vez los pies y la rama mas dolorosa se incrustaba dañinamente en la piel. Por fin, la señora Juana entró, me pude acomodar en la cerca, tomé a mi díscola verga, que ya había perdido ese color concha de vino y miré como niño a la dama de la pieza, vi como terminaba el proceso, se puso una tanga negra, chiquitita, dolorosamente ajustada, apreté con fuerza justa el cuerpo de mi aparato, pero cuando se calzó los sostenes, la forma, el gesto, no pude aguantar mas y erosioné el limón que me cobijaba desinteresadamente, también de pasó manché la cerca de la señora Juana.

Me reincorporé al suelo, el pasaje estaba iluminado, me dio lo mismo, la mujer se había puesto una camisola larga y había desaparecido de mi campo visual, mi segundo estaba saciado y no ostentaba ese grosor dañino, lo guardé y enfilé a casa, a los dos pasos veo como me sangra el anverso de la palma, la herida surtió efecto, maldición…la señora Juana debería podar ese limón afilado.