Cuando supe de la velocidad de los caracoles, entendí porque dejan huellas al caminar, cada paso equivale a una vida y para ellos la vida tiene sentido, inexplicable para nosotros, inaccequible, sólo nos queda el camino luminoso que su estela deja. Brilla, sé sabe que pasaron, semejante al Quijote, cuando los perros ladran al costado del camino y le señalan "los perros están ladrando"; él sabiamente replica, "déjalos, que sepan que vamos pasando".Parece veleidoso optar por ese camino, pero me parece el adecuado, hacer de cada paso un camino, que se puede seguir, un camino que importa, que ha costado ejecutar y construirse, pero ha valido cada lágrima de sufrimiento, valió tanto que podemos dejarlo como ejemplo. Ahora, los caracoles no sólo dejan la huella, sino que cada paso, además, lleva la carga de trasladar todo lo que son , los caracoles transportan su vida con ellos, su caparazón, su refugio, su historia. Son nómades por naturaleza, construyen en el aquí y ahora, para dejarlo aquí y ahora. También descubrí que son seres solitarios, rara vez me he topado con más de dos caracoles juntos, cercanos, de ahí me surgió otra inquietud, cómo se comunican, algunos me dijeron por ondas, de hecho, es eso lo que sale en los textos doctrinarios de sus vidas, basura, se comunican por el dolor, por eso son solitarios, viven vidas de pena, quizás son la reencarnación de los seres que purgan sus pecados y fueron destinados a la soledad, a reiniciar su vida desde lo básico, pero esta vez con sabiduría y decencia. Siempre están bajo una piedra, escondidos en la sombra fría de ese ser inerte. Entendí que la estela que dejan, son sus lágrimas de dolor, por lo mismo, tienen la suficiente fuerza para ser seguidas, sólo imaginen cuanto dolor para tanto camino, cuantas lágrimas para iluminar la senda de la redención...quizás y todos debamos ser caracoles alguna vez, quizás más de una vez.
La historia fue mas cruel, se dice que al caracol lo sacaron de su habitat, lo obligaron a trabajar, lo adiestraron para pasar por un recorrido de filos y muerte. El caracol no hacía conciencia y, de repente, se vió despojado de su única pertenencias, su caparazón, condicionado por corriente a caminar más rápido de lo que su cuerpo podía, se miró desnudo en el reflejo de los anteojos del domador-secuestrador, pensó que no podría purgar su pena, que su segunda chance de decencia se escapaba por entre sus antenas cercenadas al mediodía, su caminar no se condecía con su voluntad...finalmente, mira hacia atrás y su andar no dejaba huella, ya no habían lágrimas de dolor, se secaron por la corriente. En su último acto de valentía y libertad, desafío su destino, no zigzagueo por los filos de su alameda, sino que los enfrentó, logró empinarse por sobre uno y con ojos de perdón, se autodecapitó. Todas las lágrimas secas se despertaron y bañaron su cuerpo y el filo de su muerte, la redención lo hizo sujeto, y en ese último acto de valentía volvió a ser persona, decente, íntegra...humana. Nadie entendió lo que pasó, el domador de caracoles, del circo mexicano, no cabía en sí ante tal acto, pero dio gracias a Dios de que tenía 150 más para adiestrar, el contorsionista algo alcanzó a ver mientras pasaba su cabeza por entre sus glúteos, tampoco daba crédito, pero mucho no le importo, ya que justo se le escapaba un pedo por el esfuerzo, el trapecista estaba muy alto para percatarse.
Quizás y fuí yo el único que accedió a ese milagro, mientras terminaba de pintarme la cara de payaso.

