Palabras de un Don Nadie

La idea es sembrar pánico desde mi pánico. Que sea un espacio infinito en donde cobijar a esta mente inquieta, que a veces se hace eterna y se refugia en recovecos de dificil visión. El refugio de mis obsesiones, perversiones, pero también sueños y esperanzas. En fin, que sea lo que tiene que ser.

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Location: La Florida, Región Metropolitana, Chile

Monday, July 12, 2010

No hay mujer sin conciencia de su belleza, pero hay algunas pocas, que eligen no ofrecer esa información al público. Son mágicas cuando dejan de ser invisibles. Hasta entonces parecen hechas para no llamar la atención, para que las sorteemos invisiblemente en nuestro camino. Y, de golpe, no podemos para de mirarlas, no queremos otra cosa que tocarlas, sólo nos importa estar a su lado el tiempo que nos sea posible.
Desvarío de Locura

Tuesday, April 14, 2009

Te quiero.

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.

Luis Cernuda

Friday, January 25, 2008

Besos
Si de robar besos se trata, siento que soy una voz calificada para comentar. Particularmente me gustan los inesperados, esos que no pasan de un instante y no dejan de ser besos por eso. También me gustan los ritualistas, los que llevan insertos el juego, las miradas cómplices, las caricias tibias y las mas templadas también, los que proponen una aventura, de la cual el beso es el comienzo. Pero por sobre todo me gustan los desquiciados, que por desquiciados, muchas veces caen en la indecencia, esos que se dan con el cuerpo y la carne, los que no bastándoles con hacer tiritar las piernas, simplemente te hacen caer, anhelando locamente calmar en el momento el rojo deseo del sexo. Bueno, esos que me brindas cada vez que llego.
a Kari

Thursday, November 15, 2007

Hoy

Hoy, cansado de tu amor, sofocado en tus abrazos, no me queda mas salida que enróstrate tamaña afrenta, tamaña asfixia. Has dejado de respetar mi respiración, mis ritos ancestrales, mis lugares privados. Has vulnerado, en completa resignación de mi parte, los llantos solitarios de mis lagrimales desérticos, siendo testigo de mis momentos de humanidad y vulnerabilidad. Y de ellos, bestial mujer de fierro, te has valido para envolverme en tus musarañas de mujer araña, en tus brazos infinitos de mujer calamar y en tus labios ardientes de mujer de fuego. Y sintiendo que ni siquiera con todas mis fuerzas me despojaré de tu asedio, me atrevo a comunicarte que tus días están contados, que tus presiones tienen fin, porque si bien soy incapaz de enfrentar tu efluvio color guinda, si soy capaz de extirparte tu risa, tu gloria, tu satisfacción pueril y desquiciada. Hoy acabo con tus regocijos, me mato en tres minutos.

Desilusión

Desde que la vi entrar, mis vísceras se dieron un festín ardiente. Luego de diez minutos y dos bourbon matutinos, la encaré sin titubear, como nunca había realizado. Estando frente a ella, le lancé mi sentir:


- Lo mío es carne, de esa que se masca y sangra. También es sexo, de ese que suda y gime.

Se paró abruptamente de la mesa, en dos oportunidades se volvió antes de desaparecer por la puerta del local, su mirada era de perturbación. Fue la primera y última vez que la vi.

Caída

Sintiendo que nada podía ser más doloroso que ese momento o más solitario que ese farol, que al parecer no tenía más fin en el mundo que alumbrar tímidamente su cuerpo, cayó. Mientras caía, divisó la copa de un árbol, tan sobria como eso, tan dulce como eso, el viento irrespetuoso que no se apiadaba de su suerte la mecía con ternura, de esa que le prodiga la madre al crío. El verde de ese árbol algo de tranquilidad le daba, pero sólo algo, sabía que su suerte estaba echada, sólo era cosa de tiempo.
(Seleccionada concurso de cuentos de microficción Garzón Céspedes 2007, pronto a publicarse)

Jorobado Jelvez

El jorobado Jelvez tenía una gracia especial, obviando su joroba, que de suyo era particular e inolvidable. El jorobado Jelvez era también, eunuco, sí, de esos que la literatura importada nos ha reseñado, sólo reseñado, y que nuestra mente a completado en fantasía, porque dudo que alguno de ustedes haya visto a un eunuco. Tanta excentricidad reunida bajo una misma piel, más extensa que el común debo agregar por su joroba. Espero que su discreción no sea como la mía, y puedan guardar este secreto, porque si se llega a enterar de que divulgué su condición extraordinaria, probablemente se mate, sin exagerar, porque exagerando diría, que probablemente se mate, pero antes liquidé a unos cuantos, entre ellos yo.

Friday, September 07, 2007

Nacimiento

Todos los finales son mi comienzo y todos los senderos son mi camino, terminó de decir eso y lo abofeteó, largándose por la puerta principal. El muchacho recogió unos papeles que se cayeron del duro golpe, al inclinarse, dos lágrimas cayeron con miedo atlántico, la tercera no alcanzó a rodar porque él mismo se abofeteó. Se levantó, tomó de un sorbo su bourbon matutino, miró sin vergüenza a los comensales del local y se fue por la puerta principal con paso seguro. La mesera le regaló un guiño, también la cuenta.
(Stgo. en 100 palabras 2007)

Juanjo

Juan le decía su mujer, Juanito le decía su madre, Juanjo los amigos de años. Trabajaba de mecánico donde el gordo Negrete, disciplinado y puntual. Jugaba de ocho en el club de la Villa Portales, aunque no vivía allí. Se comentaba que una vez se tomó doce golpeados de tequila en cuatro minutos, no tengo certeza de eso. Una falta de cuidado en sus dientes lo llevó a tener una halitosis crónica. De manos gruesas y sucias. El ojo izquierdo se cargaba hacia su nariz cuando mentía. No usaba desodorante, lamentablemente. Murió en Mayo, no sé de qué.
(Stgo. en 100 palabras 2007)

Fin de Mes

Siendo sinceros, no ha sido un buen mes, rompí con mi mujer hace tres semanas, la semana pasada rompí con la mujer por la cual rompí con mi mujer. Mis hijos me desahuciaron, los de la mujer por la cual rompí con mi mujer también, aunque sólo uno es mío. Mi nombre es Tiburcio, Tiburcio Tronquera, por los últimos diez años me he dedicado a destapar cañerías, aunque no soy fontanero. Mañana termina el mes, espero que también los problemas.
(Stgo. en 100 palabras 2007)

Buen Día

A través del vapor tibio del café de la mañana, ve su rostro frente a él. No se convence de la mujer en que se ha convertido en estos años, tan hermosa, tan segura. El vapor da cierto calor a la conversación, superficialmente hermosa. Terminan, emprenden rumbos distintos. La escarcha acompaña su camino, sus pensamientos lo adornan. Llega a la estación y están algunos de los rostros que el tiempo ha hecho familiares. Inspira hondo y desea que sea un buen día, no uno más, sino un buen día.
(Seleccionado en concurso de cuentos breves, Santiago en 100 palabras del 2006 )

Friday, June 29, 2007


Saramago y yo
Pienso que quien escribe lo hace como en el interior de un cubo enorme, donde no existe otra cosa que una hoja de papel y la palpitación de dos manos veloces, vacilantes, alas violentas que de golpe caen de costado, cortadas por el cuerpo. Quien escribe se rodea de un desierto que parece infinito, reino esmeradamente despoblado para que quede apenas la imagen de un campo abierto, de una mesa de copista a la sombra de un árbol inventado, y un perfil anguloso que hace de todo para parecerse al hombre. Quien escribe trata de ocultar un defecto, un vicio, una tara a sus propios ojos indecente. Quien escribe esta traicionando a alguien.

Escribo estas palabras desde lejos, desde la ciudad grande e infeliz crecida a orillas del Mapocho, la escribo desde mas lejos aún, desde un país muy amado, donde los campos están sembrados de aromos y los lugares se llaman sonoramente Serena o Arauco, tierra chilena, la que mas amo después de la de mis sueños, escribo desde una calle con el nombre de Esperanza. No tengo ninguna historia para contar. Estoy harto de historias como si de pronto hubiera descubierto que todas fueron contadas el día en que el hombre fue capaz de decir la primera palabra, si es que hubo una primera palabra, si es que las palabras no son todas, cada una y a cada momento, la primera palabra. Entonces, volverán a ser necesarias las historias, entonces deberemos reconocer que ninguna ha sido aún contada.

Es realmente un placer estar sentado a la sombra de un árbol inventado, en este cubo inmenso, en este desierto infinito, escribiendo con tinta desde lejos ¿a quién? Más allá del hilo que separa las arenas del cielo, tan distantes que sentado no las veo, van las personas que leerán las palabras que escribo, que las entenderán o las despreciarán, las guardarán en la memoria el tiempo que ésta lo permita y las olvidarán, como si fueran apenas el jadeo sofocado de un pez fuera del agua. Sentado en medio del campo despoblado, quien escribe mantiene su perfil curvo para que no se pierdan las huellas de una humanidad que a cada instante se vuelve más imprecisa. Y va trazando signos en el papel, deseoso de que se vuelva abierto y cóncavo como el cielo nocturno para que no se pierda el incoherente discurso, guardado ahora en pequeñas luces que tardarán más tiempo en morir.

¿Quién leerá el mensaje intraducible al lenguaje del comer y el beber? ¿Quién lo llevará consigo a la cama, más la mujer más el hombre con el cual dormirá? ¿Quién dejará en suspenso el arco del pico, el movimiento del martillo, para escuchar lo que no es una historia narrada de la ciudad grande e infeliz? ¿Quién acercará el camión al borde del camino, en el espacio de libre estacionamiento, con sombras diseminadas, para saber, respirando el aceite y el calor del motor, las noticias de Júpiter gigante en el cielo negro? ¿Quién reclamará como suyo lo que fue escrito en el interior del cubo, en el lugar donde se hunde el compás, en la intersección entre quien escribe y el tiempo? ¿Quién justificará, en fin, las palabras escritas?

Y es un placer también hacer preguntas cuando sabemos que no tendremos respuestas. Porque se podrán agregar otras, ociosas como las primeras, igualmente impertinentes, igualmente capaces de consolación a la vuelta del silencio que las recibirá. Sentado en el desierto, quien escribe se sentirá dulcemente incomprendido, llamará en su auxilio a los dioses que mas ama, se confiará a ellos, y juntos, punto por punto, sabrán encontrar las buenas razones, los apaciguamientos de la conciencia, hasta que el benéfico sueño los reúna y los retire de este bajo mundo.

Que no sea así esta vez, con todo. Que quien escribe pliegue su mesa, la convierta en su carga y su mochila, si no está en condiciones de modificarlo de otro modo, que mute la hoja en bandera y enfrente la travesía del desierto, en las tres dimensiones del cubo, donde están las personas y las preguntas que hacen. Entonces el mensaje será traducible, será mantel para el pan y con él nos protegeremos del frío. Entonces volverán a contarse las historias que hoy decimos imposibles. Y todo (tal vez de verdad, tal vez de verdad) comenzará a ser explicado y comprendido. Como la primera palabra.

Ojos Traviesos

Vi a una mujer desnudarse o tal vez vestirse, pero el que caigan o suban las ropas no es lo importante, sino que en ambas instancias y sea cual fuesen, dejan al descubierto el cuerpo desnudo y la piel fresca de una mujer, en este caso puntual, yo era testigo anónimo y non grato. Sólo caminaba por el pasaje en donde tengo un cuartito, al final en la última casa, caminaba con desgano, el día no había sido como pensaba o lo imaginaba, bueno y siendo franco, de un tiempo a esta parte ningún día sale como lo imagino, pensaba en el insensato cúmulo de cosas que tenía que hacer mañana, de hecho, sólo problemas se cruzaban por mi mente, de repente y sin querer, miro hacia el segundo piso de la casa segunda del pasaje, una pieza brillaba y era de color azul, eso era por el reflejo de la luz que el dependiente tenía en su dormitorio, pero en primer plano y no de fondo, estaba lo trascendente, lo que me hizo hacer click como demonio, estaba ella, depilándose su axila derecha, sí, la derecha, a decir por los actos sucesivos y posteriores, la izquierda ya estaba calva. Vi la silueta de esa mujer que se reflejaba con claridad sobre el fondo azul de la pieza, justo sobre su pezón derecho empezaba la toalla a cubrirla, entenderán por la descripción tan exacta, que mi posición luego de tal hallazgo fue intrépida y cercana, sin entrar en detalles, quedé apostado sobre la cerca de la señora Juana, cubierto por el limón aromático y frente, cuando digo frente es frente, a la ventana de esa mujer del demonio, un poco mas abajo, no a la misma altura, pero de todas formas muy bien. Pensaba, mientras se depilaba la axila y mientras asimilaba el vaivén de la cerca, que calentura del demonio me tomó para encaramarme allí, la respuesta estaba a seis metros de distancia, la mujer se movía en la intimidad y siento, con todo el derecho a equivocarme, que cuando la mujer esta sola, se vuelve mas guarra, mas vulgar, menos comportada, menos educada, en definitiva, mas exquisita, no porque sea vulgar, sino porque siempre aparenta un nivel elevado que en su fuero interno y en su mundo privado, se destruye a pedazos. Esta mujer, con el brazo derecho en el aire y el izquierdo sosteniendo el artefacto que la trasquilaba, movía los cachetes del culo como en una danza ritual y desde esta distancia no se escuchaba música alguna, pero no sólo eso, terminado el corte, empezó a secarse su parte íntima, aún con la toalla, yo, ya sin ningún tipo de vergüenza, me bajaba la cremallera para sacar mi pene asfixiado y morado de excitación, salió raudo, gordo y de no saber que era mi verga, diría que estaba hecho de granito, le di dos meneos y casi exploto, me contuve, quise experimentar mas de la mujer. Se sacó la toalla y la dejó caer al suelo, quedó desnuda frente a una pared, lógicamente en esa pared debe haber colgado un espejo, porque se miraba con devoción, admirándose, bueno yo también lo hacía, de pronto sostuvo con ambas manos sus pechos, quedaron desbordando la palma y, si no era una ilusión, podría jurar que alcancé a admirar sus pezones, lamentablemente caminó dos pasos hacia el fondo de la pieza, quedando justo debajo de la luz, la silueta se hizo difusa, mi desesperación atlántica, me traté de encaramar mas alto en la cerca de la señora Juana, pero, el ahora fastidioso limón me estorbaba, estoy en esa danza desquiciada, cuando veo, entrando por el pasaje a la señora Juana, la dueña de la cerca en la cual estaba encaramado disfrutando de la tierna vecina que se desvestía sensualmente, no alcanzaba a bajar, estaba al lado, me quedé quieto, sentí como introdujo la llave en la cerradura, la puerta cedió. Al mismo tiempo que la señora Juana entraba a su casa, la mujer empezaba a distribuirse, uniformemente, sobre su cuerpo una loción o crema o algo, que dejaba su piel fresca, brillante, cosa que la hacía mas nítida a trasluz, se tocaba lenta e intensamente, la señora Juana, podía notarlo oblicuamente, se limpiaba los pies en el limpiapiés de su puerta, yo estaba inerte, con dos ramas de limón en la cabeza y una en el espacio que quedaba entre la camisa y la piel de mi muñeca, esta última me lastimaba, la mujer seguía frotándose, mi verga danzaba sin tapujos, la señora Juana aún no entraba limpiándose por enésima vez los pies y la rama mas dolorosa se incrustaba dañinamente en la piel. Por fin, la señora Juana entró, me pude acomodar en la cerca, tomé a mi díscola verga, que ya había perdido ese color concha de vino y miré como niño a la dama de la pieza, vi como terminaba el proceso, se puso una tanga negra, chiquitita, dolorosamente ajustada, apreté con fuerza justa el cuerpo de mi aparato, pero cuando se calzó los sostenes, la forma, el gesto, no pude aguantar mas y erosioné el limón que me cobijaba desinteresadamente, también de pasó manché la cerca de la señora Juana.

Me reincorporé al suelo, el pasaje estaba iluminado, me dio lo mismo, la mujer se había puesto una camisola larga y había desaparecido de mi campo visual, mi segundo estaba saciado y no ostentaba ese grosor dañino, lo guardé y enfilé a casa, a los dos pasos veo como me sangra el anverso de la palma, la herida surtió efecto, maldición…la señora Juana debería podar ese limón afilado.

Monday, May 14, 2007



Razón

Cuantas justificaciones esgrimí, todas síntomas sin sustento de una enfermedad letal...mi inoperancia, mi falta de voluntad, mi anorexia de esfuerzo, ni su amor logró devolverme a la vida, al ruedo de las emociones y las metas, al logro de objetivos, preferí, en silencio, morir lentamente. La decisión ya la había tomado, quería transitar estos últimos suspiros en quietud y disfrutando de mi egoísmo púrpura, que nadie estuviera junto a mí, mucho menos que alguien, por enésima vez, reprochara mi actitud lastimera a sus ojos de buitre, no quería más reprimendas por mi forma o modo de vivir. Lo logré, accedí a un despoblado incrustado en una montaña al sur, muy al sur, la vida transitaba como siempre había querido, sin presiones, sólo despertar y respirar el aire nuestro de cada día, mi única preocupación era ordeñar unas vacas para sacarles leche y poder beberla, luego peregrinaba por esos senderos energizantes...cuando articulé esa palabra y la visualicé en mi mente, entendí que ese paraje inhóspito y elegido para mi muerte, me estaba provocando justamente el efecto contrario, veía, con pánico, como deseaba disfrutar del día apenas amanecía, acompañado por el Sol que derramaba amablemente su calor por mi cuerpo, sin violencia ni siendo irruptivo, las palabras pronunciadas por los tantos vecinos sonaban como melodía, hasta el caminar cobró un sentido perdido en alguna esquina remota de mi pasado, volvía a ser un agrado terrenal el dar pasos por el mundo. Entendí con cierta inquietud, que al asumir mi muerte como remedio, comencé a vivir, el sinsabor de esa decisión final trajo consigo una última maniobra oculta del destino o de quien se adjudiqué el derecho de decidir nuestra vida, jugada que al fin resultó maestra, sin darme cuenta, nuevamente volvía a abrazar la vida, su color y música, me volví a enamorar de las miradas y los olores, de esas curvas peligrosas que ciertas mujeres ostentan sin vergüenza, de las risas llanas y espontáneas que habían dejado de inundar mi vida...de los niños, sí de los niños, esos diminutos que pululan aprendiendo y enseñando, aprenden para perder lo mejor que tienen, su pureza y transparencia. Así, todo resultaba significativo nuevamente, nada era por azar y a todo le encontraba una justificación, que por vana o profunda sonaba plausible. También entendí que debía tomar una decisión pronta, decisión intensa y profunda, pensé en caminar con fiereza, pensé en gritar guturalmente, pensé en desangrarme de amor, para terminar realizando lo que solapadamente sabía, que debía volver, comenzaba a creer nuevamente, la esperanza se asociaba a la confianza y me daban un espaldarazo que antes no sentía, quizás y mis pasos estén bajo buena custodia y desde hoy comiencen a marchar firmemente.

Al llegar la descubrí, un milagro, una ventisca de sabiduría la flameaba, un bastión de amor la apoyaba, una mirada de paz la inundaba, un ser que amarraba toda mi esperanza y a quien no pude dejar de amar, desde ese momento ella fue mi razón de vida, mi fin en la tierra.