Mentiras, me dijo Olmedo mientras rompía por enésima vez mi informe. Hasta cuando insiste con que Dios existe, no es mas que un convenio social, un tratado tácito de nosotros los mortales, para afrontar el vacío existencial de la vida. No me sirven tus párrafos esperanzadores, date cuenta de lo que acontece en el mundo. Giró en 180°, dio un portazo a su puerta y me dejó con los pedazos en el pasillo. Yo intuía que el concepto de Dios era un convenio, un constructo, para quitarnos el miedo al vacío, pero no creía, como Olmedo que todo terminara aquí, es más, me parecía que tan vacío no venía el futuro, quizás y existía un orden diferente, una suerte de justicia extraterrena, quizás sólo lo deseaba.
Decidí hacerle caso a Olmedo y a la vez a mí, me puse a escribir sobre los celulares, cuando llevaba prácticamente cinco carillas, lo que correspondía a todo el artículo, me dí cuenta que no había expuesto nada de esos aparatos que otra persona no hubiera intuido o hubiera pensado o hubiera escrito, lo destruí como hizo minutos antes Olmedo. Debo decir que Olmedo era un ser obeso, era mi jefe además, gustaba de las menores de edad, por lo menos ese era el gusto que explicitaba cuando se pasaba de copas en alguna celebración, se comenta que estuvo a punto de ganarse dos premios literarios de renombre, pero se cayó a golpes con parte del jurado, ya que renegaba de su beta comercial y se hastiaba de vender su prosa. Después se casó, estuvo en unión por algo mas de diez años, luego se separó por una infidelidad de su mujer, se metió con el párroco de la Iglesia a la cual asistía, fue un desastre descomunal, el párroco se arrepintió y fue trasladado a Centro América, ella ante la desolación se quitó la vida con el revolver de Olmedo, se disparó un tiro en la sien en la propia cama de él, fue él mismo quien la pilló desnuda y sangrante. Quizás desde ahí enarboló la idea de que Dios no existe y le doy cierto crédito, ya que en su tragedia, Dios protegió al fuerte y desamparó al débil.
Miré de reojo un celular, nada se me vino a la mente, rectangular, feo, inhumano, distante. En eso siento que se acerca Olmedo, lo adivino por el sonido de los pasos, que es un ruido atronador, abrió la puerta y me señaló con el dedo, sin dirigirme la palabra, quería que lo siguiera, eso hice. El gordo de atrás se veía imponente, una masa de mas de 120 kilos, que aún así, caminaba con cierto garbo, cierta ligereza que lo hacía a lo menos atractivo, lo seguí, siempre a sus espaldas, hasta la expendedora de bebidas, sacó dos latas de gaseosa, me pasó una. Perdió por unos momentos la vista en la muralla, que no tenía nada de interesante, entendí que buscaba en otro lado, bebió dos sorbos, yo uno, hasta que por fin me dijo, no es que no crea en Dios, sólo lo quiero matar. Bebí otro sorbo de mi gaseosa y le dije que era lamentable que ni siquiera tuviéramos su dirección, me miró de reojo, hacia abajo en realidad y me largó una buena risa. Faundez, siempre me ha gustado su prosa, creo que es violentamente divertida y creativa, pero mientras yo este a cargo de la redacción nadie escribirá de Dios, a no ser que sepa en donde vive y me de esa dirección, en su defecto la del párroco maldito, me imagino que ya sabes mi historia, me dijo finalmente con una resignación dolorosa. Le dije que sí, que lo lamentaba, me dijo que él lo lamentaba más. Se tomó su bebida y me dijo que esperaba mi escrito para mañana en la mañana.
Estaba mas o menos claro en escribir sobre los celulares, no sé porque, quizás porque no tengo, quizás porque provocan cáncer, quizás por sus sonidos, quizás porque atentan contra lo mas humano que nos queda, nuestra libertad. La cosa es que decidí escribirles una carta, en donde poner todo lo que alguna vez se me ocurrió de ellos. No me sabía el nombre de pila de ninguno, así que la dirigí a los malditos aparatos impersonales.
Ustedes que fomentan el individualismo, base del caos de nuestra sociedad. Basta de tergiversar el lenguaje, hacerlo mediático, no hay nada más hermoso que hablar a otro, hacer que dos se transformen en uno, sincronizándose en un entendimiento común, que va mucho mas allá de las palabras, porque reducir el lenguaje a lo fonético, es quizás tu principal error, idiota máquina. La conversación cuando es presencial, permite seguir ritmos, entender miradas, reír con gestos y llorar con el tacto. Y tú maldito aparato té ufanas de atentar contra todo lo bello que tiene este proceso, haces que las personas se comuniquen en soledad, en ausencia de un reflejo, por lo mismo, contradices las bases mismas de porque somos personas. Maldita máquina, si apenas eres capaz de reproducir un tono o una inflexión de voz.
Espero que tu destino no sea diferente al de todos nosotros, muere y que sea pronto, maldita génesis de la paranoia. Que tu forma y utilidad se borre de la memoria colectiva, a la mierda con tus beneficios mediáticos, que ni siquiera son sombra de tus males sociales. Ojalá para el día de tu muerte este vivo, porque cuando todos te lloren, yo reiré y a todos les conversaré sobre lo triste que es ese día, claro que mirándoles la cara, sintiendo su dolor y riendo por dentro.
Debo decir que cuando terminé la carta algo me dijo que podría estar buena, decidí entregársela de inmediato a Olmedo, para cuando la leyó, sólo quedaba la mitad de la hoja. Me miró a la cara y me dijo que si era idiota, andaba en estado iluminado, así que le dije que sí, se paró bruscamente, me lanzó lo que quedaba en su mano derecha de mi artículo y me dijo, una cosa es hablar de Dios, pero otra muy distinta es echarse a las empresas de comunicaciones encima, ya que de aquí a algunos años ellas tendrán mas poder que el Supremo. Sólo ahí caí en la estupidez que había realizado. Salí de la oficina y decidí escribir sobre la pelota de fútbol.



<< Home