Gordo DepravadoCómo se puede ser tan bella, me parece un acto de injusticia enorme, universal, catastrófico, que alguien ostente ese nivel de belleza en desmedro de otras tantas que ni siquiera alcanzan la belleza de su sombra. Sin describir su angustiante hermosura, debo señalar, con todo el respeto y dolor, que no me extrañó lo que le aconteció, debo señalar, que tamaña desigualdad debía ser corregida, no fue la mejor forma, mucho menos la que yo hubiera deseado, pero era de justicia divina que alguien hiciera algo. Entiendo que el objetivo del atacante no fue reponer un equilibrio universal, probablemente su móvil fue someter, poseer, penetrar a esa belleza dolorosa, pero tras aquello, en el gran engranaje divino, estaba contenida esa acción.
Los días eran iguales, nada cambiaba en mi vida, ni siquiera sentía el deterioro de mi cuerpo, dado que pasaba gran parte del día, sedentariamente, sentado en cualquier lado. Entonces la vi, nunca antes me había fijado, andaba en su jumper ceñido, mas corto que el de ninguna compañera, de piernas formadas y fibrosas, quizás tendría 16, no me hubiera extrañado que tuviera algo mas o algo menos, se contorneaba con cada paso que caminaba, casi danzando, una danza tribal de apareamiento, así era su andar. La observé por toda la calle, salí cuando el ángulo visual me impidió continuar con mi deleite, dobló la esquina del aromo y se perdió definitivamente de mi campo visual, ahí fue cuando lo noté, el padre de Mercedes, mi vecina con deficiencia mental, se manoseaba ávidamente su entrepierna, mientras con la mirada seguía el contorneo de la muchacha al caminar. Siempre se había comentado que desde que el señor Soto enviudó, su comportamiento había mutado de forma ostensible, había comenzado a beber en extremo, llevaba meretrices a su domicilio, se paseaba desnudo en su antejardín, lo que siendo franco me causaba una gran carcajada, mas otros comportamientos reñidos con las buenas costumbres; quizás por eso no fue de extrañarme que tuviera ese accionar con el caminar de la muchacha, pensé que yo lo hubiera hecho también, claro que en un lugar más discreto. Bueno, desde ese día comencé a esperar a diario a la muchacha, sólo su visión me hacía despegarme de mi sedentarismo radical, incluso una vez me acicalé para esperarla en la esquina, en mi imaginación, alimentada por mi fantasía, soñé hasta en enfrentarla y expresarle mi adoración anónima, sólo en eso se quedó.
Así fue como llegamos al primer Lunes de ese mes de Noviembre, el calor se hacía cada vez mas presente y ese día fue un fiel reflejo de lo que el verano haría en esta tierra austral, el Sol estremecía, calentaba todo, el aire escaseaba, los ventiladores se escuchaban en cada domicilio con ese susurrar hipnotizante y constante, el sudor cubría la piel de quien anduviese caminando, todo se hacía, en consiguiente, caliente y húmedo, todo se teñía de candor y sensualidad. Llegó la hora de la salida del Liceo, me paré en mi posición de francotirador para observarla, esperé mas de la cuenta, venía con un amigo, o eso creo, su piel brillaba reflejando en su sudor al Sol quien la alumbraba con pasión, cada cuanto se pasaba la mano por sus piernas, sin detener el andar, se sacudía el sudor y continuaba, el amigo la dejó casi en el comienzo de la calle, ella siguió en soledad por el sendero ardiente, bajo mi atenta mirada, su camisa se pegaba a su piel y lograba traslucirse, su jumper subía a cada paso producto de la humedad de sus piernas. Faltando unos metros, quizás cincuenta, se le cae algo al suelo, ella con un ademán insolente se agacha intempestivamente a recogerlo, no tuvo ningún cuidado y su entrepierna quedó al descubierto, logré sin esfuerzo divisar que el calor había hecho que no trajera ropa interior, su sexo al descubierto se asomaba para ser observado, sus diminutos vellos de aureola, hacían de eso una mágica impresión, una foto imperecedera. Tomó con delicadeza, esa que no tuvo al agacharse, al objeto que se había caído, lo guardó en su bolso y se levantó con cuidado, bajando el telón de la bella escena que me había brindado. Algo recorrió mi cuerpo, un regocijo extraño, un poder vertiginoso, que al pronto me tenía asomado en el umbral de mi puerta manoseando mi entrepierna a vista y paciencia de quien pasase por la calle. Ella lo notó, miró de reojo, luego se detuvo y miró de frente, quizás pensaba que no me veía, que era imperceptible, ya que no me escondía, pero no, ella me notó, se subió un poco su jumper y me gritó del frente de la acera, en donde el calor pegaba de canto, te gusta guatón degenerado, luego bajó su jumper y prosiguió su camino. Le vi alejarse, creo que nunca tuve erección mas firme, dobló la esquina del aromo y se perdió de mi vista. El señor Soto estaba afuera de su casa masturbándose, sin ademán de vergüenza, me miró, se río, creo que por primera vez lo entendí, entré con mi sexo vigoroso a la casa, nada sería lo mismo.
Al otro día me entero por las noticias, de que hubo un asesinato en la villa en donde resido, una escolar de dieciséis años fue ultrajada y luego muerta por un depravado, que tenía una hija deficiente mental de la cual también abusaba. Era el señor Soto, pensé que no quería terminar como él, luego rompí la televisión.


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