Palabras de un Don Nadie

La idea es sembrar pánico desde mi pánico. Que sea un espacio infinito en donde cobijar a esta mente inquieta, que a veces se hace eterna y se refugia en recovecos de dificil visión. El refugio de mis obsesiones, perversiones, pero también sueños y esperanzas. En fin, que sea lo que tiene que ser.

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Location: La Florida, Región Metropolitana, Chile

Tuesday, October 10, 2006

La opción era clara, abortaba o tenía a ese hijo, nada es lo que parece y las cosas es necesario vivirlas para poder dar con cierto soporte alguna opinión sustentable. Era aberrante la primera opción, era exterminar la vida de un ser indefenso, que se estaba gestando en el vientre sagrado de su madre, todos estaban de acuerdo, en realidad la inmensa mayoría, en que esa opción era hipotecar lo que te queda de humano, para convertirte en algo mas grotesco aún.

Los meses pasaban inexorablemente, tu barriga se abultaba de manera inocultable, estabas en el plazo máximo para tomar esa decisión que habías postergado por tanto tiempo, ya sea por tu incompetencia, ya sea por tu miedo, ya sea por tu inmadurez, quizás sea por tus quince años; nadie de esa edad merece tomar decisiones tan intensas a esa edad, decisiones que marcarán en definitiva tu vida, tu realidad, tu alma. Con pánico de hablar en tu entorno, el cual ya sabía de tu condición, misma que repudiaban hasta el hartazgo, poco y nada podías esperar para algún consejo, tus amigas eran pequeñas como tú, inocentes como tú, maltratadas como tú; entonces a quien recurrir, de donde sacar algo de esperanza y fortaleza, sea cual sea la decisión.

En esas condiciones te encontré en esa estación de metro vacía, caminando en péndulo, cerca de la vía, esperando el vagón, quizás esperando algo de valor, quizás esperando un milagro, tal vez llamando a la muerte. Tu cara inocente me cautivó, era esa mezcla de transparencia y dolor, que en personas sin maldad se hace tan explícita y patente, las lágrimas que botabas al suelo laceraban el piso de ese lugar, de cada una salía vapor que oxigenaba el espacio, pero tu andar seguía errático, pesado y doloroso. Te miré por algunos minutos, hasta que me retribuiste la mirada, calaste hasta mi última esperanza, rompiste todas mis corazas, quien diría que de una mirada serías capaz de cautivarme; con paso seguro caminaste a mi encuentro, yo estaba paralizado, mis músculos se tensaban y mi garganta se anudaba, no me dirigiste ninguna palabra, sólo me abrazaste y terminaste de botar todas las lágrimas que te ahogaban. Me parece que fue la redención mas hermosa a la cual se pueda optar, te estabas limpiando de tus escasos pecados y a la vez vaciabas tu alma de ese dolor atlántico. Al cabo de los minutos, palabras inconexas vociferabas con ansiedad, fue ahí que me enteré de tu historia, de tu embarazo, de tu edad, de tu vida, de tu dolor y de tu abuso. Como si fuera rompecabezas, ordené con rapidez las ideas que lanzaste y una idea general se materializó, fue horrible, doloroso, sólo como a algunos les toca vivir la vida.

No tenía palabras para consolarte, tampoco creía que pudiese hacerlo, sólo traté de abrazarte con mas fuerza, al parecer la intensidad de mi abrazo estaba en relación con tu desencanto y dolor, tus ojos grises me daban cuenta de que estabas en una dimensión diferente, lo entiendo, tu consuelo no estaba en esta vida; de la nada empiezas a correr, rápido, como gacela, ni siquiera pude alcanzarte, te lanzaste de frente al metro, sentí tu sangre en mi ropa y tu dolor en el alma, los gritos de los pocos usuarios se hicieron estrepitosos, recuerdo haber caído de rodillas al suelo, por primera vez se me hacía patente y clara la impotencia, que luego mutó a rabia y luego al mas oscuro de los dolores. Aún estaba impregnado de tu olor a chocolate, aún estaba húmedo mi vestón por tus lágrimas. El tren se detuvo, bajo el tercer carro yacía algo de ti, rojo y líquido, dentro de mí aún sentía tu tibia respiración.