Cómo el día había empezado mal y continuó mal por el resto de la jornada, no fue de extrañarle a Gastón Churliza, que al volver de su trabajo en una multitienda nacional, encontrara un sobre, fechado hace un mes desde Perú, en donde se enteraba del fallecimiento de su padre. Nunca tuvo una relación enraizada con su progenitor, quizás y fueron meros convivientes en esa casona colonial del barrio de Miraflores, pero un padre nunca deja de ser un padre, ni un hijo deja de serlo tampoco. La carta la escribió Asunción del Socorro, la empleada doméstica de su casa, con quien perdió la virginidad a los 15 años y por quien guardaba el mas sincero y profundo de los amores.Se recostó en su cama atlántica, perdió unos momentos la mirada en su interior convulsionado, buscando algo que el tiempo no logró encontrar, al cabo de algunas horas aparece Gonzalo Yrarrázabal, su pareja desde hace 7 años, misma que lo trajo desde la región del Rimac a vivir a estas tierras generosas; con sólo mirarlo supo que algo no andaba bien, sólo lo abrazó, susurrándole al oído, hoy no fue un buen día, apóyate en mi hombro. Gastón lloró unas lágrimas, nunca comprendió de qué, pero esas gotas surcaron sus mejillas morenas y se perdieron en la colcha de su cama, llevándose lo último del recuerdo de su progenitor. Esa noche no durmió, su alma clamaba por saciar su angustia y el costo fue su insomnio. La noche se pobló de recuerdos de infancia, de recuerdos de su Asunción del Socorro, de cómo no aguantó esa noche de primavera y se metió en su cama para dejarse dominar por su pequeño varón; Gastón nunca había visto a una mujer desnuda y el cuerpo de indígena real de su empleada fue una fascinación eterna, que hasta el día de hoy se hace presente, morena de piel, curvilínea y voluptuosa, de una sonrisa que petrifica y una voz que hipnotiza. Además se recordó, dentro de lo que podía recordar, de su madre difunta a sus cinco años de existencia, siempre la recordó cómo una foto que iluminaba espacios desolados, cuando algo no andaba bien aparecía la imagen de su madre y lo calmaba todo, pero sólo era una imagen, sin sonido, incorpórea, sólo una foto de color ocre. Recordó también a su amigo Teófilo, mayordomo de la casa de su tío Candelario, quien fue el primer hombre con quien intimó y descubrió su identidad sexual, era un moreno espigado, de músculos definidos y tonificados, después de algún tiempo dejó la casa de su tío y viajó a París, recibió un par de cartas desde allá, pero sólo un par, el tiempo borró el recuerdo y el amor.
Quizás y en ese momento de la noche Gastón estaba frágil, perdido en su dolor, quizás tan desolado que Gonzalo lo sintió, lo miró a los ojos y lo besó con amor de madre, de esa que él sólo había visto en foto, se confortó de una manera impresionante y le contó, al fin, que le pasaba; Gonzalo lo escuchó con atención y al termino del relato le dio un nuevo beso, pero este estaba impregnado de amor eterno, de ese que comparten las personas que se dedican la vida, hasta el final de sus días. Se miraron bajo la luz del amanecer, que es muy semejante, en algunos momentos, a la luz del perdón, de la redención y vieron como el Sol se apoderaba de la ciudad, dando inicio a un nuevo día. Prosiguieron abrazados por un buen rato mas, hasta que el despertador les dio la señal de que debían accionar para comenzar la faena diaria. Gastón fue el primero en entrar al baño, se dio una ducha reponedora, salió y entró Gonzalo, realizó el mismo ritual.
Gastón sacó su mejor terno, el mas fino y hermoso y se lo entalló, le caía a la perfección. Gonzalo, sacó su uniforme militar y se lo puso, era teniente de alguna División, lustró sus zapatos y se presentó ante Gastón. Se besaron y partieron raudos a ganarle al día, antes que este los volviera a consumir.


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