En la espalda de la esquina, junto al kiosco del gordo Gutiérrez, sentí mas que nunca la angustia del vacío, pensar en que no estarás mas, es algo con lo que no consigo lidiar, ni siquiera puedo hacerme a la idea...ni siquiera lo pienso. La angustia se tiñó de un color rojo y tomó forma de bate de béisbol, llegué a mi casa y salí con la angustia en la mano derecha, caminando entre una nebulosa tupida, que no me dejaba razonar claramente. De la nada se aparece un maloliente vagabundo a quien le propinó un golpe certero en el rostro, no hubo ruido, sólo el que acompañó al golpe y el de la caída, ni siquiera supe como era, pasé por sobre él sin detener mi paso a ningún lado. La angustia aumentaba y el bate se hacía más dañino, sin control arremeto contra unos basureros repletos de despojos, los golpeo sin concesión, tratando de buscar consuelo, tratando de extirpar la pelota que oprimía mi plexo, que interrumpía mi saliva, que agrietaba mi garganta; luego de un par de minutos, tomo distancia del escenario que había provocado y veo como todo estaba destruido, pero yo seguía tal y cual había comenzado, quizás algo mas cansado, pero con la angustia mas viva que nunca.
El rojo se apoderó, paulatinamente, de todo mi entorno, el bate apenas y podía sostenerlo, mi pasó se había enlentecido producto de esos inconvenientes, sabía que tenía que llegar luego a ese lugar no conocido, que más que lugar era un estado, que más que estructura era sentimiento. Como pude arrastré el bate, fruncí el ceño para evitar que el rojo me impidiera, más que ahora, proseguir por la senda que estaba recorriendo; escuchó una mirada penetrante que me envolvía desde mi siniestra, giró rápido, pero sólo veo la bruma rojiza, que modulaba una suerte de torbellino, producto de alguna corriente repentina, alguien había estado ahí, alguien me ha estado observando. A la angustia se unió una ansiedad atípica en mí, que sin color ni forma, se enquistaba en mis extremidades acelerándolas de manera ostensible, poco común, lo que ayudo a proseguir con mayor rapidez y vigorosidad mi senda a ningún lado. Mis sienes estaban gruesas, gordas por la sangre caliente que se apoderaba de mí y mis actos, los ojos ya se deformaban, dado que no contenían la irrigación de la sangre, las arterias, casi transparentes, daban cuenta del torrente atlántico que me sumergía. Sin vacilar me situó frente a una muralla negra, lo único que a esa altura podía distinguir, trató de razonar, pero no puedo, las manos me pican, arden furiosamente, tomó la angustia y comienzo a golpear la muralla, siento unos reproches, un susurro a mi diestra, de un golpe consistente lo acallo; siento que hay algo de verdad en golpear a esa muralla, siento que tiene sentido por alguna extraña razón, lamentablemente no logro saberla, dado que me disparan en un hombro, caigo de bruces hacia la muralla y siento como otro estallido hace blanco en mi columna, dejándome recostado sobre la acera, el rojo que me circunda se aleja de la mano de mi conciencia. La muralla era del forense, el susurro de mi diestra, era de una monja, que asistía sagradamente a consolar a los familiares de los muertos, yacía sin vida a mi lado; el bate desapareció, finalmente, el rojo también.


<< Home