Palabras de un Don Nadie

La idea es sembrar pánico desde mi pánico. Que sea un espacio infinito en donde cobijar a esta mente inquieta, que a veces se hace eterna y se refugia en recovecos de dificil visión. El refugio de mis obsesiones, perversiones, pero también sueños y esperanzas. En fin, que sea lo que tiene que ser.

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Location: La Florida, Región Metropolitana, Chile

Friday, August 04, 2006

Deambulando por rincones escondidos de mi mente, di con un recuerdo inquietante, que al poco fue censurado por mi conciencia y desterrado sin miramientos a mi inconsciente, para que se duerma eternamente y jamás se reincorpore a mi realidad. Lamentablemente, en este ejercicio de recuperación de mi voluntad salió a la luz desde su encierro y catapultó una serie de sinsabores y desencuentros que hasta el día de hoy ocupan mi quehacer cotidiano. No creo oportuno hablar del recuerdo sórdido, ni estancador, pero sí les narraré los acontecimientos de los cuales fui objeto producto de este recuerdo enquistado en mi alma.

Sin rumbo fijo salí desorientado al fango gris que se acumulaba en la acera del camino sin fin, dando tumbos cada tres pasos, respirando cada dos, logré dar con cierto lugar callado, alejado del mundanal ruido, entré sin vacilar, pedí lo de siempre, el mozo sin mirarme volvió con mi vodka, lo tomé degustando su sabor y frescura, comienzo a fijarme en los adornos que colgaban de esas murallas, eran extraños, claramente adquiridos fuera de estos límites y tierras, una cabeza pequeña, propia de un jíbaro, un estandarte de guerra tribal, me parece que de Africa, una daga curva y de un grosor cambiante, una piel de serpiente abierta y que se extendía por toda la pared contraria a mi silla, una piedra hexagonal y de color púrpura, unas mandíbulas de miles de dientes, pequeñas, me imagino que de pirañas, pero quien sabe, cuando termino de recorrer la muralla de enfrente a mi posición, veo a un personaje diminuto que me estaba mirando con intensidad, separé mis ojos inmediatamente, como acto reflejo, luego de unos segundos, vuelvo a mirarlo y él estaba contemplándome, esta vez no bajé mi vista y devolví su mirada, el pequeño desapareció unos momentos de su puesto y aparece caminando por el costado de la barra, con dirección a mi mesa, se acercó y me pidió si lo podía asilar en mi espacio, sólo para conversar, le corrí la silla restante en la mesa y el pequeño se subió de un brinco, chasqueó los dedos y el mozo trajo casi al instante un brebaje espeso y hediondo, que el pequeño comenzó a beber con ansia. Luego de tres sorbos seguidos, me dijo que él era el representante del dueño del bar, que su nombre era Okwe, que provenía de Sierra Leona, desde donde había escapado de unos traficantes de esclavos, dejando a su familia allá; fue tan sucinto en su exposición, pero a la vez tan intenso, que me dio la idea de que siempre contaba esta historia. Sin más, se calló y terminó de beber su líquido, cuando terminó, me dijo que si quería ganar unas monedas extras, algo de dinero para mis vicios, se río estruendosamente cuando terminó de hacerme la propuesta. Yo le dije, que era lo que tenía que hacer, él me indicó que tenía que ir a recibir una maleta al mercado y entregar otra que él me daría; le señalé que era lo que estaba traficando, largó una risa más estruendosa, me miró a los ojos y me dijo que no era contrabando, que lo que estaba comercializando eran almas y el perdón eterno, siendo risueño y de risa fácil, no pude reírme, algo había en ese pequeño delirante que me hacía sentir algo de verdad en lo que decía. Me eché hacia atrás, tomé lo que me quedaba de vodka al seco, con mi mano derecha acaricié mi barbilla peluda y comencé a meditar en la oferta. El pequeño, en silencio se bajó de la silla, fue a su lugar en la barra, lo vi desaparecer unos segundos mientras saltaba a su piso pedestal, lo vi extender su mano por detrás de unas botellas y sacó un pergamino o un papel, saltó desde ese puesto al suelo, nuevamente, desapareció y salió por el costado de la barra, se encaminó a mi puesto, se sube mas ágil que antes a la silla y me larga el papel, ábrelo, fue lo que siguió a la acción. Era un manuscrito con extrañas figuras ordenadas en forma descendente, como escritura china, lo miré unos segundos y le dije que no entendía nada, la risa estremeció la mesa y botó mi vaso vacío de vodka, noté por primera vez que esa risa era demasiado fuerte e iba en aumentó su intensidad. Me dijo, que se trataba de un pacto que realizó el Diablo con San Agustín, esta vez la risa salió de mi boca, lamentablemente no fue bien recibida por el pequeño delirante que con una mirada extraña la hizo silenciar. Yo sabía que San Agustín era africano y se hizo al cristianismo, llegando a ser uno de los más potentes teóricos del catolicismo, no sólo por el contenido de su conocimiento, sino que además porque engalanaba su teoría con una riqueza lingüista, que la hacía hermosa y melodiosa. El pequeño irracional, me dijo, adivinando mi pensamiento, que en efecto San Agustín era africano y que la leyenda concensuada, es que se convirtió a la fe católica por sus acciones y su voluntad, cosa que luego reafirmó en su teoría. Pero lo que no sabía la gente era que él siempre buscó la verdad, siempre buscó trascender, y en esa búsqueda, antes de encontrar el catolicismo, él fue brujo de una tribu de la Sierra Leona y zonas aledañas, yo aún no caía en cual era la trama de la historia del pequeño, quizás mi rostro de desconcierto fue tan evidente, que el diminuto ser me dijo que no me preocupará, pero que si quería entender y conocer la verdad, debía acompañarlo tras la barra, ni si quiera espero mi respuesta, quizás también la intuía, se lanzó al suelo desde lo alto de la silla y se encaminó a su destino, dio tres pasos giró de manera compleja y con su mano de tres dedos me hizo la seña de que lo siguiera, mientras soltaba la risa mas fuerte de todas, tanto que la silla en que estaba se desarmó y quedé de pie, listo para adentrarme en ese sitio.

El pequeño delirante desapareció de mi vista, se perdió tras la barra, yo me detuve unos momentos antes de traspasar ese límite y pensé en lo que estaba haciendo, iba detrás de un ser diminuto, que me hablaba de verdades a las cuales no había accedido, poco menos que me estaba por revelar el verdadero sentido de la humanidad, y de pasó explicar la lucha del bien y el mal, la ansiedad mutó a cierto respeto y del respeto saltó al temor, el temor me hizo recular en la decisión de seguir tras la barra, me alejé sin cancelar mi vodka, salí raudo y veloz, al cabo de unos metros escuchó un estruendo terrible, tanto que al mirar hacia atrás veo que de los cimientos de la casa aparece polvo, partículas en suspensión y cubren por completo el bar, cuando el movimiento terrestre cesa en algo, distingo con dificultad la risa del ser diabólico, el pequeño delirante.

La represión del recuerdo encadenado en mi inconsciente, desencadena este tipo de acontecimientos en mi vida cotidiana, quizás y hasta que lo supere o lo enfrente, tendré que pasar por estas penurias increíbles e indomables. Hasta el día de hoy me pregunto que será del diminuto.