Palabras de un Don Nadie

La idea es sembrar pánico desde mi pánico. Que sea un espacio infinito en donde cobijar a esta mente inquieta, que a veces se hace eterna y se refugia en recovecos de dificil visión. El refugio de mis obsesiones, perversiones, pero también sueños y esperanzas. En fin, que sea lo que tiene que ser.

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Location: La Florida, Región Metropolitana, Chile

Monday, October 02, 2006


Cansado de tanto ajetreo, lo adivinaba por su mirada y ese bruxismo enfermizo, se dirigió a alguna parte, remota, oscura, algo cómo lo que él representaba. Al otro día lo veo transitar con ese caminar desgarbado, sin preocupación, pero que contiene esa cadencia de desánimo, esa maloliente, que da cuenta no de un pisar, sino de un esfuerzo por vivir, a duras penas llegó a la oficina, abrió la puerta desgastada y mal pintada, ni él sabe cómo se mantiene en pie, lo vi cerrarla a sus espaldas.

Al mediodía veo a una mujer ingresar a la oficina, al mediodía y tres minutos siento como se quiebra algo de vidrio o cristal, aunque no creo que sea cristal, la mujer sale y deja la puerta entreabierta, veo como el sujeto yace sentado en su silla o sillón preferencial, con su mano derecha se limpia la frente, de la cual brota abundante sangre, mira el pañuelo con el que se limpia y da una estrepitosa carcajada, de alivio, de liberación, quien sabe.

Suena mi teléfono marrón, de esos que aún tienen el discador, circunferencia plana que tiene tantos números como los que existen, y en donde se introducía el dedo para marcar, luego lo soltabas y la circunferencia retornaba a su forma original y luego procedías con el siguiente dígito. Vinieron, si mal no recuerdo, hasta hace diez años a tratar de cambiármelo, luego desistieron, en algún momento a mí me dio por cambiarlo, pero luego me encariñé con el maldito, quizás, pensaba, le da un toque romántico a la oficina, sin saber porque pensaba eso, dado que siempre pasaba sola o si venía alguien, era un hombre, pero en fin. Contesto la llamada, era ese cobrador mal aseado, a quien le debía una pequeña cantidad de dinero, no sabía porque llamaba si me quedaba plazo para el pago, algo me comentó de un crédito, luego de una enfermedad, mas no seguí oyéndole porque mi vecino emprendió viaje a quien sabe donde y pensé en seguirle. Corté el teléfono, de manera educada, obviamente, no es bueno echarse a uno de esos tipos encima y me dirigí a mi misión secreta de seguimiento, cierro la puerta y de golpe me encuentro con el sujeto, esperaba el ascensor, tienes un cigarro, me dijo; no fumó, le dije; valiente, me señaló. El ascensor llegó, bajamos juntos, no sabía si preguntarle por el golpe que lucía en la frente, no sabía si preguntarle por la mujer, no sabía nada al parecer, ya que llegamos con mas prisa de la esperada al piso uno, el hombre se dirigió a mi derecha, yo también.

Guardé una distancia prudente, tanto como la que había aprendido en infinidad de películas de espías y suspenso, el hombre ni se enteró de que estaba tras él, quizás y no se enteraba de nada, entró a un café de señoritas, pasé por fuera, no entré, se notaría mucho si apareciera, pensé. Me quedé observando el lugar, un subsuelo oscuro, tanto como le gustaba a él, con luces de neón que resaltaban las telas blancas, los personajes que circulaban denotaban una carga de frustración, una cara de mala vida, no porque fueran malos en la vida, que también podría ser, sino porque la vida los había tratado con maldad, hombres sin encanto, hombres ausentes que se aferraban a cualquier cariño tarifado de esos lugares, para pernoctar un día mas en este espacio. No terminé de filosofar baratamente, cuando el hombre sale con una dama escultural del café, los seguí por tres cuadras, hasta un Motel cercano, a los quince minutos salieron, él colorado, ella con disimulo, le dijo algunas palabras al oído y ambos partieron con rumbos opuestos. Lo continué espiando por unas dos horas, se internaba por galerías oscuras, en donde estaba poblado de negocios de dudosa reputación, en todos saludaba a alguien y de cada uno salía con alguna bolsa o paquete. Así fui transitando por lavanderías, librerías, cafés variopintos, shoperías a granel, una tienda de lanas y una armería, fueron los últimos establecimientos. Un llamado fue el detonante de tal cese del paseo turístico, nos encaminamos al edificio en donde se encuentran nuestras oficinas, perdí cualquier noción de espía y me acerqué en demasía al personaje, ni se inmutó, ni siquiera me miró, alcanzo a observar dentro de una de las bolsas una caja con balas, justo debajo de unos geranios maravillosos, al costado de un libro de Juan Emar, al parecer una compilación. Llegamos a nuestro piso y recién ahí se percató de mi presencia, me estás siguiendo, señaló; no, le dije; se río estruendosamente. Noté un cambio en su cara, su rostro denotaba una pureza que antes no había encontrado, sus ojos estaban en calma. Entró a su oficina y yo a la mía.

Cerca de las siete de la tarde escuché la detonación, fui el primero en entrar a la oficina, su cuerpo yacía en el suelo, en una mano tenía el geranio y en la otra un revolver, sobre la mesa tenía abierto el libro Diez de Juan Emar, particularmente en el cuento del Pájaro Verde.