Costumbres AustralesExisten costumbres australes, mas australes que mi Santiago querido, que nunca he entendido, se dice que la soledad, se dice que el frío, se dice que lo gélido del lugar muta hábitos, cambia sentimientos, condiciona la realidad, en fin, se dicen tantas cosas en pos de justificar situaciones que a mi entender no lo son. Yo siempre he sido reacio a depositar en variables exógenas la responsabilidad de las conductas, sin por ello desentenderme del asunto de la injerencia que en determinados momentos pueden ejercer, o darle la real importancia que tienen, pero es que creo, que en definitiva, todos llevamos el camino dentro, es sólo cuestión de mirar hacia donde se debe, enfocar la mirada y encontrar la esencia de la vida, el camino único que todos tenemos por delante, construido por nuestro esfuerzo y que deriva en nuestra historia personal. Así es como todos los caminos son distintos e irrepetibles y todos se construyen a partir de nuestra vivencia, aquí y ahora, sólo a la luz de eso se justifican situaciones como la siguiente o tal vez no.
Con lo anterior como testigo, es que puedo decir, que cuando llegué a ese pueblo de 50 personas, cerca de no sé donde, pero muy limítrofe con el fin del mundo, lo mas austral en donde he estado y tal vez, de donde se pueda estar, algo me dio en la espalda, muy similar a ese algo que me daba cuando sentía que venía el tío Julián, quien adoraba hacerme cariño en las noches y aparecía, muy cercano a cuando presentí que ese sujeto roñoso nos asaltaría y mataría a mi madre, muy cercano a ese sentimiento que me ahogó horas antes de que mi abuela falleciera, muy cercano a ese sentimiento que me anunciaba anticipadamente cualquier desgracia que sucedería. Lo único bueno dentro de todo, pensé, era que estaba solo, si algo malo pasaba me sucedería a mí, cosa que me tenía sin cuidado, dado que mi vida esta llena de cosas sin importancia. Debo haber arribado a las tres de la tarde y ya estaba oscureciendo, aún no almorzaba, ese fue mi primer indicio de que en esa tierra nada andaba como en la tierra que conocía, nada era como lo que sabía. Al terminar de almorzar, todo estaba oscuro. Para desgracia mía, la empresa proveedora de electricidad tenía serios inconvenientes para nutrir de luz a ese (des) poblado, así que al salir a dar una vuelta, luego de mi almuerzo, todo estaba en silente negrura. Las estrellas tenían una fuerza casi hostil, demacrada y angustiante, el aire era frío y la temperatura era acorde con ese aire, dí cinco pasos y me devolví, me encerré en mi habitación, terminé de leer lo que estaba leyendo.
Salí cerca de la ocho de la tarde de mi pieza, quería ver cualquier cosa que tuviera algún color, me di cuenta que nada colorido existía en ese lugar recóndito, en el culo del mundo, donde termina la civilización. Nuevamente, y haciéndose costumbre, tuve mala suerte, de verdad, no había nada con color en ese lugar; en ese momento me odié por no aceptar el chaleco de colores que mi madre me había tejido, ni por aceptar la bufanda que Cecilia me había bordado. Me senté en el mesón y esperé a Pedro Corrientes, la persona que me llevaría a la factoría para realizar la auditoría, llegó con media hora de anticipación, se presentó, pidió un trago, y me dijo, en este pueblo no hay nada que hacer, por eso llegué temprano, la presencia de alguien nuevo siempre es excitante, terminada esa frase pasó con intensidad su lengua por sobre su labio inferior, sin dejar de mirar mis ojos. Nuevamente esa sensación de profeta maldito me invadió, nos tomamos los tragos pedidos y emprendimos rumbo a la factoría. El manejaba una camioneta eterna, no sé de que marca era, pero era interminable, me relató historias insensatas durante todo el recorrido, yo le dí oído a algunas, el resto me dediqué a mirar el paisaje inhóspito y oscuro, trataba de distinguir el límite, el horizonte, no lo logré. Quise distinguir las constelaciones, no lo logré, Al cabo de 40 minutos a unos 150 kilómetros por hora, vi, a lo lejos, un racimo de luces que de a poco se hacían cada vez más grande, aún faltando mucho, Pedro Corrientes se detuvo, me miró a los ojos y me dijo que estaba fuerte, que lo traía loco desde que me vió, sin mediar mas palabras se lanzó sobre mi sexo, no recuerdo bien cuantos combos le abre pegado, sólo recuerdo la sangre en mis manos y él suplicando que parase, me detuve y, no obstante, de su estado, mantenía un rictus perverso en su faz; entendí que no se lo quitaría yo, quizás tampoco la muerte, así que lo amedrenté lo suficiente para que condujera y mantuviera la distancia. Pensaba en cómo decirle lo acontecido a los superiores, cuando veo de reojo que Pedro Corrientes, mendocino de 28 años, nuevamente se pasa la lengua por sus labios frente a un rebaño de ovejas, luego larga una risa visceral cuando ve que me percató de su acción.
Llegamos a la factoría, grande, iluminada, pero solitaria, no tenía mas de 40 trabajadores, conminó al perverso a que me lleve de inmediato a la oficina de su superior, me percató que se toca su entrepierna mientras hablo, larga de nuevo esa risa estruendosa y (a esta altura tenebrosa), me encamina a la oficina, cuando se topa con otro trabajador que acariciaba una herramienta gigante, la engrasaba y la pasaba por su cuerpo desnudo, largó la misma risa que Pedro Corrientes, la sensación de prestidigitador la entendía, ahora, a la luz de esos acontecimientos, sólo quería llegar a la oficina de Exequiel Londrina, jefe de la factoría. Pedro Corrientes me señala una oficina del fondo del pasillo, logre distinguir que decía Jefe, con letras doradas y fucsias, cosa que no me importo. Golpeé y abrí la puerta.
Sólo ahí caí, definitivamente, en que los australes tienen costumbres, que primero son diferentes a las nuestras y que lejano a repudiarlas, es necesario vivir en condiciones semejantes a las de ellos para criticarlas o en su contrario aceptarlas. Don Exequiel, penetraba a una oveja ávidamente, la oveja tenía puestos unos zapatos taco aguja rojos y los labios pintados, no alcancé a cerrar la puerta, quizás ni se me ocurrió, cuando Pedro Corrientes me empuja de atrás y manosea mis glúteos, mientras sonaba su risa de ventosa.


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