En esa tarde lógobre, en donde las nubes terracotas se instalaban desde la cordillera hasta el horizonte, dando ese color rojizo a todo lo apreciable y cubriendo como escotilla a una ciudad que se ahoga en su basura, entendí que algo podría pasar, de esos "algos" en donde mi mente se congela, mi percepción se sensibiliza y mi alma vuela ligera. Salí a dar un paseo, para encontrarme pronto con ese sinsentido, con esa situación enajenante, que estaba seguro me esperaba en algún lugar inesperado, en algún momento inoportuno, con alguna gente despreciable, de lo último no estoy tan seguro.
En ese caminar silente y taciturno, dado que llevaba mas de 4 horas buscando mi sorpresa del destino, la ví, era mi novia de años atrás, mas hermosa que nunca, mas borracha que de costumbre, su forma de vestir me daba cuenta de una mujer de la calle, mi recuerdo me decía que eso era imposible, mi recuerdo estaba incorrecto, al cabo de dos cuadras de seguirla, la veo subirse a un auto marrón, nuevo y de lujo. Desapareció frente a mí, con ella se fue el último recuerdo tierno que me quedaba de mis relaciones amorosas, quedé destruido, sentado en la vereda de esa calle sin nombre, sucia, maloliente, desierta, luego de un buen rato, me repuse y caminé, mas lento que antes, mas lento que nunca, el viento agonizante de esa hora, tan leve como el último estertor del moribundo, me importunaba, me desagradaba, casi nada, de sobra, mejor y no estuviera. Miro con resignación la calle, después sus casas, a mi entender poco erudito, parecían casas coloniales, antiguas sin duda, de colores tierra o rojizos, tanto como esas nubes que anunciaban mi desastre en la tarde, ahora todo estaba oscuro, desde el cielo a mi alma. En una de las casas, que debían ser gigantes, se siente cierto fervor, cierta candela, a decir de las luces y la bulla que se filtraba por toda esa calle, me dirigí sin motivo a esa dirección, a esa altura sólo caminaba por inercia, porque debía hacerlo o tal vez no. De todas formas, esa casa quedaba aún lejos para el ritmo cansino que estaba llevando en mi andar, lo que por otro lado me daba la oportunidad de seguir fisgoneando por el camino, aunque ganas de nada era lo que tenía, divisé al frente una ventana entreabierta, en donde un gordo monumental comía con devoción y ansiedad un plato inexplicable, al lado su pareja o mujer o lo que fuese, lo atendía con disciplina, como realizando una prueba de eficiencia, recta, delgada, bien presentada, con un paño en su antebrazo derecho y en el otro una botella de vino; el gordo devoró todo en un abrir y cerrar de ojos, no ví mas, el ángulo por el cual lograba divisar hacia el interior se extinguió con mi caminar. Por la misma acera por la cual transitaba, unos pasos mas allá, había dos niñas cotorreando, no tendrían mas de tres años, una era doctora y la otra era obrera de la construcción, cuanta diferencia, cuanta ingenuidad, la doctora en un momento le dice que esa pared, que construía la obrera, estaba apunto de caer, la obrera saca su martillo y la golpea, la doctora se larga a llorar, la obrera la mira y le dice, tómate una aspirina. Me parece que la que se dice obrera tendrá mas suerte en la vida. Sin mas llegué a la casa en cuestión, esta vez mi intuición no me falló, era una fiesta monumental, desde la puerta hasta el interior estaba sobrepoblado de gente, de todas las formas y colores, de todos los sexos y tamaños, era un circo de la raza humana.
Me aproximo a una mesa en donde yacían los tragos, digo tragos en general, porque ni yo sabía el nombre de algunos de los brebajes ahí expuestos, saboreé uno azul, después uno rojo, terminé pidiendo una piscola cabezona, costumbres australes. Me extrañaba en algo que nadie me halla filtrado en la puerta, nadie preguntó nada por mi presenci, ahora ya era tarde, estaba de lo mas cómodo sentado en un sillón rojo, como las nubes, como la sangre, como todo a esa hora, bebía y charlaba. Cuando de repente, nuevamente la ví, estaba claramente bajo la influencia del alcohol, pero a decir de sus palabras y la forma en como las expresaba, mucho menos de lo que pensé, quise irme, como enfrentarla a la cara sabiendo su secreto, como hablarle como antes cuando nada lo era. El veterano de incierta edad, con el cual hablaba, me dice algo como que mi cara parece de huevón, no sé a ciencia cierta si fue eso o algo diferente, pero de todas formas le caía con un combo en el rostro, se lo debo haber dado muy certero o el viejo estaba muy bebido, porque no hubo reacción, quedó tumbado cual naranja desprendida de su árbol, lamentablemente, algunos parroquianos que andaban con él se percataron y fueron a increparme, se armó un tumulto indisimulable, al pronto sentí la mirada de ella a mis espaldas, con miedo, pero sin forma de eludirla, me giré, en efecto, era ella que quedó aún mas asombrada que yo, por saberme ahí y mas aún cuando fui yo el causante de tal barullo. Me sacó en dos tiempos de ese lugar, me condujo a un patio exterior, que era otra calle en realidad y ahí tuve que charlar.
Hice muchos recovecos, primero, le expliqué con detalle de neurocirujano como fueron las cosas, pero sentía mis palabras vacías, no daban cuenta de mi real queja, de mi lacerante dolor, pronto ella, que siempre fue perceptiva, notó que mis palabras brotaban sin intención, me miro y me dijo que me pasaba, nunca, pero nunca, había sido tan tierna, no obstante, me dije a mí mismo, debe ser su actual oficio, no caigas, caí. La miré a los ojos y le vomité en dos minutos todo lo que me pasaba, me dio una bofetada que de recordarla me duele, luego largo a reír, me dijo tontito, si te das cuenta todos andamos disfrazados, cosa que corroboré en el acto, yo lo hice de mujer de la calle y me propusieron salir a dar una vuelta, a ver que tal me iba, me fue excelente, me señaló riéndose e invitándome con la mirada a algo mas. Después me pasaron a buscar en el auto del dueño de casa; ahí estaba el auto marrón, nuevo y de lujo. Me sentí morir, pero resucité de inmediato, cuando me convido a bailar, con un beso que danzaba entre la mejilla y mi boca.
Volví a observar y ya nada era rojo, todo era color miel.



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