El dolor de siempre comenzaba su faena diaria, era cosa de despertar y encontrarlo, machacaba cada dos o tres minutos mi pierna, la atravesaba con certeras estocadas, finas y profundas, en muchas ocasiones congelaba con escalofríos de dolor mi extremidad, en otras, permaneciendo por horas sin movimiento, desaparecía en silencio, tal y cual llegó. Ese día era uno de los últimos, permanecí inmóvil por dos horas y pico, sintiendo como la punción desaparecía, aprovechaba de observar las murallas desoladas de mi pieza, en realidad, todo era desolación, las paredes se caían a pedazos, la pintura que la adornaba se desprendía irremediablemente dejando al granito al desnudo. El techo seguía la misma suerte, sólo existía un mueble en el dormitorio, una cómoda de cuatro cajones, con una manilla al medio de cada uno desde la cual uno podía abrirlos, las dos primeras estaban inutilizables, dado que se desfondaron a temprana edad y fui incapaz, como siempre, de arreglarlo, las últimas dos servían para el menester por el cual fueron construidos, aglutinaban en desorden creciente mi ropa hedionda. Luego sólo quedaba mi cama, extensa, pensaba en una edad incierta, pero inundada por la fuerza y la voluntad, repletarla de mujeres, quizás cuatro a la vez, hoy sólo estoy yo, inmóvil y decadente.
Vi la hora y con exactitud habían transcurrido treinta minutos, la punción había cedido en algo, pero aún la sentía, constante, dolorosa, presente, tanto como el recuerdo de esa noche, quizás y todo comenzó esa noche, mi decisión, mi locura, mi esfuerzo, mi idiotez, sí, probablemente todo comenzó esa noche. Recuerdo que te alejabas, cosa que me daba lo mismo, pero giraste y me enviaste esa mirada de desgano, de basta, de termino, esa mirada que siempre profanaba mi calma, mi paz solapada, falsa. Corrí a tu encuentro, algo me dijo que no debía dejarte partir, te percataste y huiste veloz, desprevenida, sin atención, cruzaste rauda la calzada y te vi morir atropellada, los últimos suspiros los tuviste en mis brazos, tu última mirada me perteneció, hoy no la quiero, me desvela cada tres noches y me ahoga cada dos. La gente atónita susurraba a mis espaldas, tu sangre impregnaba la avenida, yo sólo te sostenía. Te arrebataron de mis manos y te cubrieron con una manta ploma, del mismo color del pavimento, yo yacía de rodillas en la acera, escuchando murmullos, con la mente en blanco, viendo como te perdías en el vacío de la existencia para siempre. Ese fue el momento en que todo cambió, cuando me percaté conscientemente que nada nos pertenece, que estamos prestados en esta vida y somos títeres de un ser insalubre, que juega a destajo con nuestros sentimientos, poniéndonos en apuros, enfrentándonos a dolores y, muy de vez en cuando, dándonos alegrías efímeras, pastillas doradas con las cuales trata, vanamente, de compensar la insufrible existencia. Puerco sarnoso y orate.
A medida que lo pienso, me quedan menos dudas de que esa noche todo cambió, darme cuenta que la vida es lo más ajeno a nosotros y que son peregrinos, los unos; transeúntes, los otros; veraneantes, los míos, en este camino breve y de incierto futuro. Así que gocé la vida, pensando en lo corto que sería, entendiendo que el enajenado titiritero me haría desaparecer a la brevedad, más cuando nada le otorgaba, ni uno de mis dones cultivaba, pero me engañó de nuevo, dejó transitar el tiempo, que al principio fue imperceptible, pero luego se hizo patente con dolorosa claridad. La piel se puso rugosa, pliegues abundantes caían de mi rostro, el pelo se cayó y el escaso que quedó se ensució de blanco, quizás gris, los dolores del cuerpo aparecieron, pernoctaron todas las noches en mi alcoba, junto a mí y se multiplicaron como el pan y el vino, en el milagro del Nazareno. Probablemente a los cuarenta y cinco años fue la primera vez que sentí este dolor punzante, fue una época sin recuerdos, sólo luces y borrones, amaneceres a ciegas, anocheceres eternos.
Miro la hora de nuevo, han transcurrido una hora y quince minutos, el dolor desciende, creo que ya esta dominado, pero debo permanecer mas tiempo, jamás he subestimado a ese dolor, bueno, una vez lo hice y aprendí la lección. El reloj de pulsera que ocupo debe tener tres años, ya que sólo desde esa fecha ocupo reloj, antes creía que mientras menos conectado con mi alrededor estaría mejor, probablemente lo estaría. Pero esa vez llegué tarde al entierro de mi madre, nadie me lo perdonó, menos yo; nadie supo pero me inferí cuatro cortes paralelos entré sí, para que jamás se me olvidara ese día, en medio de cada uno escribí con un trozo de vidrio los nombres de mi madre y sus apellidos, también decidí en ese momento adquirir un reloj, instrumento del que rehuía, ya que lo entendía portador de todos los males del mundo, vivir preocupado de la hora es dejar de preocuparse de la vida, pero me merecía ese y todos los castigos, al final terminé respetando al instrumento, me avisaba a la hora de tomar mis medicinas, me permitía ver como testigo presencial como se apagaba mi vida, segundo a segundo, de hecho, una vez conté 3567 segundos, luego imaginé que nadie a desperdiciado ese tiempo en ese acto, algo de regocijo me dio el pensar en esa idiotez.
Volví a ver la hora, algo mas de dos horas habían transcurrido, el dolor no lo sentía, pero sabía que no se había ido, recuerdo la primera vez en que creí que se había ido y me moví, casi caigo del dolor al apoyar el pie en el suelo, estuve toda la noche ahuyentándolo, fue en vano, esa misma noche se cumplieron tres años desde que habías muerto, estuve ahuyentando el dolor con tu recuerdo, en ciertos momentos no sabía que dolía mas, si mi pierna o tu ausencia. Me imaginaba cuan distinto todo hubiera sido, cuanto amor nos hubiéramos entregado, lamentablemente, eso no deja de ser mi anhelo, mi secreta esperanza.
Veo la hora por última vez, se han cumplido las dos horas y pico, puedo moverme, me serviré una cerveza, después algunas mas, volveré a la cama y mañana lidiaré con este dolor de nuevo, recordándote, sufriéndote, muriéndome.



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