La historia es oscura en tiempos oscuros, eso siempre acontece y la época a la que haré referencia no escapa de ello.
La gente moría sin control, un desquiciado manejaba los hilos de una nación quebrada, escindida en su conciencia y actuar. Había eliminado al antiguo gobernante lanzándole unas cuantas bombas sobre su edificio de gobierno. Los adinerados, como siempre, reían y daban palmadas en la espalda en señal de aprobación al desquiciado tirano, que ante tal muestra de aprobación intensificó su vorágine militar y asesina. La historia dirá que fueron 17 años de infamia y dolor, la historia será más meticulosa aún y agregará adjetivos tales como ladrón, traficante, genocida, etc.
Yo no enjuiciaré al tirano genocida, aunque parezca hacerlo, lo que sí realizaré, será la transcripción de una historia ficticia, que quizás no lo fue, pero que encarna una redención, que se sustenta en una esperanza, que alude a valores mas allá de la carne y que trascienden al tiempo. De esas que dejan el gustillo de la grandeza y por un momento nos hace sentir orgullosos de pertenecer a esta especia. Que les guste.
Abril del 75, en las afueras de Santiago. Un pelotón del ejército busca con frenesí y violencia a un sujeto, a su entender subversivo y peligroso para la nación, al encontrarlo se dan cuenta que es un septentionario, un anciano, que vive sólo con su mujer, tan anciana como él, alejados del mundanal ruido, sólo acompañados por el tango y su perro garganta de lata. Nadie entendía porque enviaban a dos camiones llenos de fusileros para atrapar a tan decente viejo y tan amable dama, que miedo tan profundo pudiese despertar el septentionario. Lo sacaron de su hogar, por su edad no tenía la vitalidad de antes, así que ni siquiera alcanzó a vestir, desnudo enfrentó a los militares, luego trajeron a su mujer, también apareció desnuda, desde la cabina del camión más cercano, se escucha la orden de quemar la casa, ambos ancianos se abrazaron, pero sin miedo, mirando siempre a los ojos de quienes ejecutaban las órdenes y de quien las enviaba desde la cabina polarizada, con orgullo y sin mover ni un músculo vieron su casa arder, quizás y hubieron transcurrido treinta minutos, el sargento que estaba a cargo de esos militares, los ejecutores del incendio, sobrepasaba con esfuerzo los veinte años y a decir de su trato y su lenguaje, era un ser instruido, que independiente de ser un oficial subordinado, entendía que algo no estaba siendo correcto, más no chistó a ninguna de las ordenes emanadas del camión polarizado y las cumplió con encomio. Luego de que la casa ardiera, del camión emanó otra orden, más discreta ya que fue dada por escrito al sargento, debía introducir al interior del camión al anciano, lo realizó en el acto, el viejo miró por unos momentos a su mujer, luego le dijo al oído al sargento, a ella no le hagan nada, porque nada tiene que ver, sólo sabe de mi amor. El sargento lo miró fijo a los ojos y se lo prometió. Al anciano dentro del camión le aplicaron corriente, un experto en esos menesteres, traído especialmente desde Alemania era el encargado, casi se diría que gozaba con la tarea asignada, el sargento fue testigo presencial del acto vejatorio, ya que en el interior del camión sólo se encontraba él, además del torturador material y por una rendija que daba a la cabina se traslucía la silueta del torturador intelectual. Le introdujeron electrodos en el ano, luego otro dentro de las orejas y dos bajo los testículos, luego se sintió la descarga, el anciano se debe haber elevado unos veinte centímetros del plano en donde reposaba, cayó inconsciente, el sargento fue conminado, ya que se encontraba en estado de estupor, a que trajera agua, un balde, y luego se la arrojara al anciano. Caminó taciturno fuera del camión, del cual bajó de un salto torpe, al salir vió a la señora sentada sobre una roca fría mirando las cenizas de su casa y tratando de encontrar la energía de su marido, sin preguntar a nadie, mandó a que la cobijaran, luego fue por el balde.
Cuando volvió al camión, el torturador material le acababa de arrancar la uña del dedo del corazón al anciano, lo hizo para matar el tiempo mientras esperaba el balde, el anciano seguía sin responder. El sargento le tiró el agua en el cuerpo, en realidad, se la esparció lentamente, tratando de que reaccionara en calma dentro de lo que pudiese, el torturador lo golpeó por tal maniobra, le quitó el balde y se lo lanzó al anciano, el sargento sólo atinó a retroceder, se quedó estático un momento y de inmediato sintió la mirada inquisidora que provenía de atrás del camión, de la cabina polarizada, el torturador continuó con su ritual carnicero, el anciano logró despertar, aulló de dolor al sentir cómo le extirpaban el dedo anular, desde la palma. El sargento quiso salir, pero una voz directa y seca que provenía de la cabina se lo impidió, tú te quedas ahí, es tu deber, el sargento obedeció, nuevamente, pero esta vez algo en él comenzó a gestarse, quizás y su decencia asomaba, probablemente lo que quedaba de ella, el anciano duró media hora exacta mas, luego murió. El torturador le había extirpado la mano derecha por completo, parte por parte, le había hecho incisiones en el cuerpo que luego mojaba con alcohol o algún componente químico, tenía sus zonas íntimas quemadas y otras mas también, le corría sangre por sus orejas y de los lagrimales le brotaba una sustancia amarillenta, las plantas de los pies también estaban laceradas. El sargento contempló con rigor todo ese martirio, el viejo no dijo nada, claramente porque no sabía. Hubo una conversación entre el torturador presencial y el maquinador de todo por la ranura, mandaron al sargento a traer a la señora. El sargento quizás y presupuso que algo le harían, quizás y presupuso que si el anciano no sabía, mucho menos ella, ciertamente se acordó de la promesa que le hizo al anciano. El sargento les dijo, con el respeto que entendió necesario para con esos animales, si era necesario traer a la señora, desde adentro de la cabina se escuchó de inmediato, esa vieja de mierda debe saber lo que el anciano no, tráela de inmediato y no vuelvas a cuestionar mis órdenes.
El sargento salió del camión, entendió que el destino de la anciana estaba ejecutado, pensó en los ojos del anciano y su promesa, vió a la anciana llorando presintiendo el destino de su amado. Dio pasos de plomo en dirección a la anciana, ella aún yacía sobre la roca fría con el abrigo que la cubría, todavía en desnudez total, pero su dignidad permitía un espectáculo bello, en donde la edad era digna y hermosamente llevada, sintió al sargento y dio media vuelta, me toca, fue lo que expresó claramente, el sargento quedó mas atónito de lo que iba, se inmovilizó, se percató por encanto mágico de lo que hacía, tres lágrimas corrieron de sus ojos. Rápidamente dejo el fusil, tomó a la anciana del brazo, con fuerza y decisión, gritó con voz fuerte y de mando, que esa vieja necesitaba un baño ante de enfrentar su destino de traición, la condujo a la llave de donde sacó el agua, cuando arribaron le susurró al oído que debía correr con toda su fuerza hasta la calle cercana, luego, como fuera tratara de salir del país, ella lo miró con compasión y le besó la frente, la anciana comenzó el viaje cuando se lo advirtió el sargento, que antes se había cerciorado de que nadie mirase.
La anciana logró salir del país, el sargento murió defendiéndola, ya que los soldados se percataron de la huida y salieron en su búsqueda, él los enfrentó solo, protegiendo a la dama, lo hirieron y se lo presentaron al hombre de la cabina polarizada, realizó un juicio por traición a la patria en 5 minutos y lo sentenció a un pabellón de fusilamiento. El fue digno hasta el final, mientras era conducido al paredón improvisado le comentó a su subalterno que protegiera a su familia, él se lo prometió, miró a los ojos a sus fusileros y ellos dispararon.



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