Nunca entendí porque he visto tantos buenos jugadores de fútbol perderse, claramente superiores, mejor dotados técnicamente, me parece que la modorra metió mano en alguno de esos casos. Yo sólo ponía empuje y una que otra maravilla deslumbrante, pero aún así me costaba explicarme la pasíón que generaba en mí ese deporte, correr tras una pelota es extraño; liberarte en un golpe seco al balón y que éste por el miedo al dolor que le causaste con tu empeine se introdujera en las redes, si es que habían; gambetear al portero, luego de haber eludido a cuanto hachero te hubiera salido en el camino a cercenar tus piernas sin culpa; tratar de hacer un hoyito, uno sólo es lo que pedía; no te explico cuando en esas tardes iluminadas, por esas cosas de la vida te salía una chilena, ufff; también me generaba placer cuando te agarraban la polera y de todas formas no podían torcer tu convicción y seguías con la vista puesta en el arco y el cerdo destructor quedaba mordiendo su impotencia en el lodo que pisaron tus pies segundos antes, con el recuerdo de tus estoperoles de aluminio en la retina. Pero aún así es dificil explicar el origen de esta fervorosidad que se logra experimentar con el futbol, en mi caso, tendría que apelar a mis experiencias y existe una, que es especialmente querida y atesorada por mí.Corrían tiempos de muerte en nuestro país, se mataba gente en las calles, sólo por creer en algo diferente, ni siquiera mejor. Las personas andaban con miedo, se reprimían los gritos, se hablaba en las esquinas oscuras, los decibeles de la voz bajaron concensuadamente, se pusieron de acuerdo con las miradas. Era extraño que en las noches se pudiera andar hasta muy tarde, se llamaba toque de queda, a veces sonaba a las 6PM, a la hora que empiezan los programas para adolescentes hoy. Mi casa era normal, clase media-media, no sobraba ni faltaba. Esa noche era especial, no habría toque de queda, se celebraba la Navidad, fiesta religiosa en honor al nacimiento de Jesús, personaje que hace dos mil años creo una de las sectas más grandes del planeta y a la cual la historia se encargará de juzgar en unos 500 años más. Por lo general, se entregan regalos en esa noche, en homenaje a quien no los tuvo, los niños son felices, los padres olvidan las cuotas en las cuales se encalillaron para costear la risa de su hijo y también son felices. La vida quiso que esa Navidad fuera mejor que la anterior, en que recibimos hermosos walkman cada uno de los tres hermanos y algunas lágrimas de impotencia escondidas de mis padres. En la Navidad del 80' a mis hermanas las cortejaron con una casa de muñecas, más las muñecas, ropa de colores vivos, como se sentían mis padres ahora y otros utencilios que sólo ellas entendían y apreciaban. A mí me llegó, el regalo mas estremecedor y acertado de que tenga memoria, desmenuzé el paquete con cuidado y ante mis ojos empieza a descubrirse ropa, las corazas del tesoro cedieron a mi ímpetu y ante mis ojos apareció la tenida del equipo de mis amores, aún recuerdo hasta el olor. El viejo Pascuero se había esmerado, porque no sólo venía el traje, sino que además un par de botines resplandeciente y el corazón de este deporte, una pelota, mi primera pelota.
No aguante, bajé de inmediato las escaleras, obviamente ataviado de la indumentaria recién recibida. Bajé con los gladiadores que aún no perdían la batalla contra morfeo, llegamos al terreno desolado que usábamos de cancha y me dí el gusto contenido desde que ví mi regalo, golpeé la pelota con todo lo que tenía, la sentí llena, porque antes le había dado un botecito, se elevó por los cielos y calló a tierra. Comenzó la pichanga, tengo que decir que sentía cierto pavor cuando los demás golpeaban al balón, cierta envidia recorría mis venas y me daban ganas de matarlos; pero en fin, tenía que jugar. El sueño fue despachando a cada uno de mis compañeros de andanzas, el último se fue casi como zombie, yo estaba extasiado, pletórico de fuerzas para seguir jugando por horas, pero me quede solo. Al contrario de lo que pudiese suponer, me sentí mucho mejor en soledad, pude estar con mis tesoros en la intimidad, me veía en el reflejo de una ventana con mi tenida, les sacaba brillo a los chuteadores, le pegaba uno que otro tiro al arco imaginario hecho de aromos; cuando en eso siento que me llaman de mi depto. para que termine la jornada porque es muy tarde, yo inquiriendo que no era tanto, me llevo la sorpresa de que eran las 6Am, pronto a amanecer, les dije que iba al tiro. Pensaba darle el último chute a la pelota y largarme, pero aquí se produjo el momento milagroso, alcé mi vista y ví como el Sol se esmeraba en salir por atrás de la cordillera, era mi primer amanecer, mi primer equipo, pelota, etc. Me puse contento como nunca, salté sin saber porqué, sólo obedeciendo a lo que me decía el corazón; sin embargo, los rayos de la estrella madre se posaron sobre mi balón, en acto rápido eludí al rayo con una finta certera, pisando la pelota por atrás de mi pierna izquierda, maldición, otro rayo nuevamente se posó sobre la pelota, la empalé con el empeine y la levanté por sobre el maldito destello, entendí en ese momento que el Sol quería darme una lección de ese deporte, de la nada aparecieron miles de rayos, a los cuales con enganches asombrosos fuí quebrando uno a uno, más en un momento, por centralizar el juego (mi gran problema) quedé de frente con todos los rayos mirándome, tenía que pasar, pensaba en eso cuando de la nada, el más rápido de todos se vino encima, sólo noté que estaba en frente mío, era imposible eludirlo, teníamos que trancar, le puse cuerpo, pierna, todo, la pelota no se movio, me reintegre más rápido y fui por ella, le quebré la pierna al rayo, mire al Sol a su cara y metí el gol más hermoso de que tenga memoria el fútbol, lamentablemente fuí el único que lo ví. El Sol no quiso salir hasta que me entrara y la Luna me coqueteo con un guiño y tres estrellas fugaces
Creo que desde ese día me apasioné por el fútbol, porque fuí mejor que el Sol y le saqué un mimo a la Luna


<< Home