Palabras de un Don Nadie

La idea es sembrar pánico desde mi pánico. Que sea un espacio infinito en donde cobijar a esta mente inquieta, que a veces se hace eterna y se refugia en recovecos de dificil visión. El refugio de mis obsesiones, perversiones, pero también sueños y esperanzas. En fin, que sea lo que tiene que ser.

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Location: La Florida, Región Metropolitana, Chile

Wednesday, August 24, 2005

Decidí pasar a cortarme el pelo, cosa bastante inusual en mí, porque el pelo largo, creo, me queda mejor que el corto, de mutuo propio es muy dificil que yo decida cortarme el cabello, es una carga que llevo desde chico en mis fortalecidos hombros; desde que tengo memoria, mi madre, con su mejor intención, me llevaba a trasquilarme con unos malnacidos del centro de Santiago, se decía que eran los mejores, especialista, yo lo único que recuerdo era la premura con que nos atendían para que no se les escapara la próxima víctima; malditos psicópatas amanerados, aunque si me apuran un poco, creo que en ese tiempo no eran tan delicados, no alcanzaban a ser tontas locas; malditos, de ellos es la culpa de la situación actual de mi melena, si me lo corto demasiado parece cualquier cosa con espinas; debo confesarles que tengo pelo chuzo, pelo pincho, cabeza de erizo, por eso tengo que confiar mucho en la persona que me corta, porque debe conocer muy bien los límites en los cuales puede desenvolverse, de lo contrario yo me quedo con la peluca y ella sin un cliente. La fortuna quiso que encontrara una peluquera exultante, que no sólo se destaca por conocer la mecánica de mi cabello, sino que además posee unas caderas firmes, unas manos que se deslizan con seguridad modelando mi pelo, pero no por eso, sin suavidad, ella posee la mezcla perfecta para dominar la bestia que habita en mi craneo, tapándolo de color trigo; aparte de sus caderas firmes, posee unos ojos penetrantes que si los miras muchos inducen a la exitación, un olor embriagante, intenso, todo al mismo tiempo actuando sobre mi cabeza y mis sentidos; sus dedos siguen el ritual de masajear y sostener con desición los elementos requeridos para el corte. Lo hace a un ritmo hipnotizante, quedo en estado catatónico, del cual sólo logro volver por el susurro de su voz grave pidiéndome que cambie de dirección mi testa entregada a su voluntad, sin titubear la giro en la dirección que ella quiera, si pudiera me arrancó la cabeza y se la entrego para que tenga con que practicar todos los días la magia de su profesión.

De vez en cuando comienza a hablarme de su vida, confieso que muchas de las veces es por que yo he inquirido, sin mas propósito que el de escuchar su voz, algún comentario al respecto; escucho extasiado algo de un hijo en la adolescencia, de lo dificil que es la vida para una mujer sola, del diploma que cuelga en una pared certificando su primer lugar en el instituto donde aprendió el arte del corte de pelo, de las parejas que han sido compañía momentánea en momentos disímiles de su vida. Pero recuerdo una vez en que el silencio era implacable, ni siquiera yo con mi personalidad logré sacarle muchos comentarios, entendí que era un mal día, por el espejo de enfrente la miré a los ojos, labor heroica para mí considerando mi profunda miopía, me costaba encontrárselos, me dolían los ojos, decidí no hacer mas esfuerzo, porque el rostro se me desfiguraba de una manera exagerada con cada mueca que realizaba para lograr mi objetivo, me entregué a su labor; más al instante me percaté de que sus ritos iniciáticos eran de una presión distinta, sus dedos no tenían la claridad de otros días, pude notarlo e ir con ella, sólo sintiendo sus dedos, por el sendero gris que atravesaba, mis preguntas fueron del mismo largo que sus cortes, era una danza extraña, dificil, pero nos comunicábamos, ni ella ni yo olvidamos ese momento.


Luego volvía a hablarme de sus artes y destrezas en el oficio de la peluquería, que las mejores tijeras eran las forjadas en metal de hitachi, que tiene que ser un simil del roble en las maderas; que siempre es conveniente usar tijeras clásicas y de navajas ni pensarlo dos veces, las de albacete eran de las mejores y estaban al alcance de su bolsillo.

Pasé y estaba ocupada, me miró y me hizo una mueca de que volviera más tarde. La lluvia y el ballet del programa Mekano impidieron que cumpliera mi cometido, quizás si no hubiera prendido la tele...
La mujer de arriba no la conozco, pero me parece exquisita, tiene todo lo que se requiere, hombros bien delineados, mentón firme, peto amarillo y cartera cruzada...además de parecerse en extremo a mi peluquera.