Y desde ese momento su álito fue podredumbre, le gritó a los cuatro vientos que lo castigasen y no sólo los vientos le respondieron; le quitaron, además, la visión, el oído y el movimiento.
Esa mañana gris, no sabía lo que pasaría, sólo se levantó, hipnotizado por el despertador que aullaba con descaro, el frío helaba la sangre y ponía la piel de gallina, a su lado yacía su mujer, antes hermosa, ahora sólo su mujer. Los unía el amor por su hijo y la comunión de pagar el alquiler, ambos se engañaban, pero era concensuado. El frío invernal congeló las cañerías, el agua estaba hirientemente helada, alcanzó a estar un par de segundos y las sienes le impidieron seguir bañándose, se reventaban del hielo. Como pudo tomó la toalla que colgaba de la perilla azul, que estaba en la muralla contraria de la puerta del baño, esa de color verde agua; se secó lentamente, sus músculos comenzaron a responder, los pies estaban azules, su pene pequeño; se miró en el espejo que estaba en la pared blanco invierno, al costado de la puerta y frente a la verde agua, contempló su rostro, ajeado por los años, sin tener arrugas sus ojos estaban muertos y, entendió, que la vida lo había abandonado.
Se afeitó magullando la idea del vacío, al tercer corte, se percató que ni su sangre estaba viva; en ese momento, creyó que todos padecían de esta abulimia, de este estado de inconsistencia y pensó en matarlos, no había sentido en continuar con la agonía. Simultáneo al hecho de pensar en tener el poder de quitar la vida, la sangre se calentó, sintió el dolor de los cortes, su miembro creció y el calor se apoderó de su cuerpo, que ironía pensó, la muerte me vuelve a la vida. Creyó ciegamente, que la muerte lo conectaba de alguna forma a la vida y quiso vivir; se dirigió a paso seguro al dormitorio en donde dormía su mujer, estaba de cúbito dorsal recostada sobre la cama, apenas tapada por la colcha ocre; de un movimiento certero la posicionó de boca, le abrió las piernas y con su sexo lleno de vida la dinamitó por su recto, en fracciones de segundo ella gritaba, el continuaba, nunca se había sentido tan poderoso, tan vivo. En la quinta arremetida, le mordió el cuello y comenzó a comérselo, la sangre inundó la cama y le gritaba lo vivo que estaba, al cabo de unos segundos la cabeza era separada del cuerpo, la mujer estaba muerta y él mas vivo que nunca. Acabó con furia en la cabeza cercenada de su mujer. Se levantó y se dirigió al baño, miro al espejo y reconoció al niño que peleó hasta dejar inconciente a su compañero, vió al adolescente que abusó de esa mujer ebria en aquella fiesta permisiva, al hombre que se tatuó con un cuchillo, en la cárcel, ese corazón asimétrico del antebrazo; entendió que esos momentos le daban vida, entendió que la maldad lo alimentaba de energía y vigor; comprendió que su vida significaba muerte. Fue por su última fechoría, salió del departamento, caminó cuatro pasos, golpeó la puerta del vecino, abrió el vecino, se abalanzó sobre él sacándole la nariz de un mordisco, le enterró los dedos en los ojos y miró como se desangraba, cuando acabó el espectáculo, corrió a la ventana y se lanzó....en su caída pidió los males al principio señalados, se los dieron.
Esa mañana gris, no sabía lo que pasaría, sólo se levantó, hipnotizado por el despertador que aullaba con descaro, el frío helaba la sangre y ponía la piel de gallina, a su lado yacía su mujer, antes hermosa, ahora sólo su mujer. Los unía el amor por su hijo y la comunión de pagar el alquiler, ambos se engañaban, pero era concensuado. El frío invernal congeló las cañerías, el agua estaba hirientemente helada, alcanzó a estar un par de segundos y las sienes le impidieron seguir bañándose, se reventaban del hielo. Como pudo tomó la toalla que colgaba de la perilla azul, que estaba en la muralla contraria de la puerta del baño, esa de color verde agua; se secó lentamente, sus músculos comenzaron a responder, los pies estaban azules, su pene pequeño; se miró en el espejo que estaba en la pared blanco invierno, al costado de la puerta y frente a la verde agua, contempló su rostro, ajeado por los años, sin tener arrugas sus ojos estaban muertos y, entendió, que la vida lo había abandonado.
Se afeitó magullando la idea del vacío, al tercer corte, se percató que ni su sangre estaba viva; en ese momento, creyó que todos padecían de esta abulimia, de este estado de inconsistencia y pensó en matarlos, no había sentido en continuar con la agonía. Simultáneo al hecho de pensar en tener el poder de quitar la vida, la sangre se calentó, sintió el dolor de los cortes, su miembro creció y el calor se apoderó de su cuerpo, que ironía pensó, la muerte me vuelve a la vida. Creyó ciegamente, que la muerte lo conectaba de alguna forma a la vida y quiso vivir; se dirigió a paso seguro al dormitorio en donde dormía su mujer, estaba de cúbito dorsal recostada sobre la cama, apenas tapada por la colcha ocre; de un movimiento certero la posicionó de boca, le abrió las piernas y con su sexo lleno de vida la dinamitó por su recto, en fracciones de segundo ella gritaba, el continuaba, nunca se había sentido tan poderoso, tan vivo. En la quinta arremetida, le mordió el cuello y comenzó a comérselo, la sangre inundó la cama y le gritaba lo vivo que estaba, al cabo de unos segundos la cabeza era separada del cuerpo, la mujer estaba muerta y él mas vivo que nunca. Acabó con furia en la cabeza cercenada de su mujer. Se levantó y se dirigió al baño, miro al espejo y reconoció al niño que peleó hasta dejar inconciente a su compañero, vió al adolescente que abusó de esa mujer ebria en aquella fiesta permisiva, al hombre que se tatuó con un cuchillo, en la cárcel, ese corazón asimétrico del antebrazo; entendió que esos momentos le daban vida, entendió que la maldad lo alimentaba de energía y vigor; comprendió que su vida significaba muerte. Fue por su última fechoría, salió del departamento, caminó cuatro pasos, golpeó la puerta del vecino, abrió el vecino, se abalanzó sobre él sacándole la nariz de un mordisco, le enterró los dedos en los ojos y miró como se desangraba, cuando acabó el espectáculo, corrió a la ventana y se lanzó....en su caída pidió los males al principio señalados, se los dieron.


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